POR SU DERECHO A CORRER LIBREMENTE
Mientras en Oviedo se debate públicamente un tema de la esencia fundamental de la Reina de las Fiestas, donde las posturas irreconciliables jamás encontrarán acomodo en el criterio opuesto, esta semana vivimos en Gijón, con evidente relevancia nacional, un terrible episodio en el que una joven de 40 años fue violada en el parque fluvial cuando salía a correr.
No es una cuestión de nada que no sea una violación, un delito fragrante contra una mujer que solamente pretendía hacer deporte. Una aberración de una mente enferma que, según las investigaciones policiales, incluso seguía las rutinas de su víctima para perseguirla al alba, abordarla y cometer el acto más vandálico que puede soportar la libertad sexual de una persona.
No es una cuestión de géneros, pero las mujeres son las víctimas, como en la violencia doméstica, sin lugar a interpretaciones, zarandajas ni malintencionadas declaraciones políticas por parte de algunos descerebrados. Las mujeres tienen derecho a su libertad integral, sin sentirse amenazadas ni perseguidas. Tienen derecho a correr a las 2 de la mañana, si les place, con plena seguridad.
Pero no es así. Esa es la triste realidad que enfrentamos. Los datos de “sincronizadas”, una plataforma surgida expresamente para que las mujeres puedan correr juntas, nacida de la periodista y runner Cristina Mitre indican que nueve de cada diez mujeres (sí, lo leen bien) se sienten acosadas de algún modo cuando salen a correr solas. Dicho porcentaje se reduce al 50 % cuando lo hacen en grupo, lo que no deja de ser igualmente escandaloso.
Uno, que corre como mero aprendiz, lo ve a diario. Si te cruzas con una mujer en un túnel, en una zona boscosa, poco protegida, a la hora en que oscurece, la ves temerosa, con la mirada baja, sin querer destacar en modo alguno, ser una sombra, hasta que aprecia que quizá no seas uno de esos locos que busca hacerles daño. No es justo que ninguna mujer no pueda hacer deporte como le plazca, y nuestra obligación es garantizarlo.
Tener que salir en grupo, como si tuvieran que hacer comandos de “autodefensa” es una pleitesía inasumible. La calle es de todos, y de ahí hay que sacar a los violentos, los acosadores, los manoseadores, los violadores, nunca limitar la actividad deportiva de chicas que simplemente aspiran a ponerse unas zapatillas y correr.
La obligación de quien corre, de quien pasea, de quien camina con su perro, de quien simplemente anda por la calle, es ejercer una hiperprotección de esas mujeres. Más allá de las políticas legislativas, que son lentas, de la represión policial y judicial, que suele importar poco a mentes enfermas, acercarse a quien veamos desprotegida, o dar una voz en un momento dado para que quien no está para hacer el bien detecte una presencia ajena es el gesto más barato y más honrado que podemos ejercitar.
Porque llegar a casa después del trabajo, aunque haya oscurecido, o madrugar un domingo, cuando la ciudad duerme, para atravesarla con unas zapatillas y una camiseta, y poder escuchar todo lo que ese encuentro que el corredor y la urbe se reservan para momentos privados es un ejercicio sano y económico. Favorece la producción de endorfinas y con ello las relaciones de las corredoras con su familia y grupos de estima. Ayuda a conservar la salud. Y, sobre todo, es uno de los más claros ejercicios de la libertad de movimiento que consagra nuestra Carta Magna, que los ciudadanos nos obligamos a proteger si queremos seguir viviendo en un sistema civilizado.
Su derecho es el nuestro. Ayudar es sencillo. Que no contemos nunca más algo parecido.