Decididamente, estamos aficionándonos a las malas noticias. Hace tanto tiempo que nadie me da un abrazo que he olvidado lo que es sentir un cuerpo humano, decía aquel soldado americano que pasó a las historia por pasar 33 años en una olvidada cárcel sin que nadie se acordara de su existencia. Algo parecido nos pasa a nosotros. Estamos en una situación tan complicada que hemos comenzado a disfrutar diciendo que fulanito ha cerrado la tienda, que a menganito le han quitado el coche, que a no sé quién ya le ha llegado el pleito de ejecución hipotecaria, o que otro ha cogido el petate y si te he visto no me acuerdo.
Sin embargo, y se lo he dicho muchas veces, yo soy de los que creo que no hay que llorar las ausencias, sino celebrar las presencias. Si su pareja le deja, el tiempo que pierde llorándola, inviértalo en buscar otra que le haga feliz. Si su negocio se va al garete, solamente significa que la vida está probando su iniciativa, y hemos de saber que solo los que apuestan ganan. A nadie le han traído nada al sofá de su casa.
Solamente esta tendencia negativa que hemos somatizado explica el escaso eco que ha tenido la gran noticia que vivimos en estos días. Sindicatos, patronal y Estado han logrado por fin llegar a un acuerdo para firmar el plan del carbón para el próximo quinquenio 2013- 2018.
Y resulta que durante meses vivimos portadas de la nefasta situación de la minería. Se vivieron amenazas e insultos a todo el que no cocinaba en horno de leña, como decían que lo hacían los sindicalistas, que comenzaron por insultar al Ministro, para, de ahí hacia abajo, mentar familias de Secretarios de Estado y funcionarios diversos sin criterio. Solamente había un culpable. La responsabilidad solamente afectaba a un lado de la mesa.
Yo mismo, en una conocida tertulia televisiva, me atreví a afirmar que quien salía en televisión disparando un cohete a un helicóptero dela GuardiaCivilera un terrorista y merecía ser juzgado como tal. Un par de días después, no me digan cómo, pero quien afirmaba ser su mujer llamó a mi despacho por teléfono y se pasó diez minutos insultándome. Los que tardé en colgarle el teléfono. Mis padres me enseñaron a ser educado, pero a ser imbécil y a no tener criterio no me enseñó nadie. Suelo estar del lado del que no grita, no sé, es una tendencia natural.
Pues bien, después de meses de manifestaciones, de decir que esta región se moría (eso del drama también nos gusta mucho a veces), de enfrentarse a policía y tener a los conductores horas enla A66 sin importar si llegaban a sus trabajos o los perdían, ahora que se ha logrado un acuerdo, un día de periódico, una noticia a las 3 en la radio y a seguir. Nada más. Meses de chillidos para acabar así.
El caso es que con mi dinero y con el suyo. Con el que del que tiene una mercería, con el del propietario de un kiosco que se levanta a las 6 de la mañana, con el de la peluquera a la que duelen las manos, la del escanciador de sidra que acaba su jornada sin poder alzar el brazo, vamos a seguir subvencionando el carbón, recurso energético que dejó de ser estratégico hace 20 años, y vamos a hacerlo otro lustro. Vamos a seguir trabajando y pagando para mantener un sector que, en 2019, no podría sobrevivir. Quien no sea rentable, ha de cerrar, y los pocos que aguanten, deberían devolver las ayudas. Es decir, el páramo. No habrá nadie que pueda continuar.
O quizá sí. Quizá los sindicatos vuelvan a cortar las carreteras, a hacer barricadas, a quemar lo que encuentren. Quizá disparen a helicópteros. Quizá hagan lo que haga que hacer para perpetuarse. Y quizá, un día como hoy, en que se haya firmado un nuevo acuerdo, ni siquiera darán las gracias a quienes, desde el otro lado de la mesa, hicieron un esfuerzo por comprenderles.
Pero, sinceramente, ojalá no. Me queda media vida profesional por delante y estoy cansado de pagar quimeras. Ya he contribuido a mantener este negocio baldío durante veinte años. Ahora que lo hagan otros.