Hace apenas dos semanas, en las páginas de este diario que cobija mis reflexiones un par de veces por semana, permitiéndome llegar hasta ustedes, polemizar, concordar, e incluso reñir virtualmente en no pocas ocasiones, leía el caso de un pequeño que padecía una extraña enfermedad que le obligaba a sonreír perennemente. El padecimiento se llama Síndrome de Angelman, y pese a que tiene varios problemas evolutivos, hoy no estamos para problemas, hoy estamos para quedarnos con lo bueno. El niño tiene una mueca constante de sonrisa, en ocasiones suelta estruendosas carcajadas y sus padres no recuerdan haberle visto llorar nunca.
Nadie quiere la maldición de una enfermedad y a Dios le pido que me mantenga lejos de ella. Siempre que recuerdo esa historia de amor puro que era Love Story me entran ganas de llorar, una vez más, y quizá no lo haga porque debo llevar veinte visionados y temo ya que mi DVD la expulse al grito de “!pesado!”.
Pero no me digan que no hay algo muy bonito en el asunto de Angelman. En un momento en que mirar a los lados da pavor o ceguera voluntaria, hay alguien en este mundo, que lo quiera o no, sonríe. Que siempre nos alegra con una mueca de alegría, que no conoce el llanto y que nos transmite esa felicidad que solamente puede llevar la risa de un niño.
Así que creo que debemos abonarnos a un Angelman voluntario. Mirar a nuestro alrededor y ver que el otoño no quiere llegar, y que el verano ha decidido que Asturias es demasiado bonita para marcharse. Y las hojas marrones de los árboles se combinan con 24 grados de temperatura. Y nuestras montañas se llenan de caminantes, pero nuestras playas siguen teniendo bañistas. Este año, los nueve primeros baños de septiembre contra el catarro han sido un placer y no una obligación.
Y si el grupo municipal de Foro se desintegra, buenos días y a otra cosa. Otro vendrá que bueno te hará. Entre las preocupaciones diarias de los españoles hace tiempo que no se encuentra la política. Saben que de ella poco podrán obtener.
Y si nuestras carreteras no avanzan, cabe la furia o la paciencia. Esta segunda opción suele ser más barata y mejor para la úlcera de estómago. Y si nuestro smartphone no es de última generación, quizá es porque nuestra generación ya no es la última. Asumámoslo y celebremos la edad que tenemos, que es la que nos ha dejado así de guapos y así de vividos. No ver las arrugas no es un síntoma de presbicia, tiene mucho más que ver con la madurez, pero la psicológica.
Y si nos toca ver a gente pasándolo mal, lamentarlo mucho tiempo no vale de nada. Un poco de ayuda es mucha, y los tiempos de solidaridad quizá no los conozcamos nunca más, ojalá, y podamos recordar un día, sentados a la puerta de una casita frente al mar, con nuestros nietos queriendo conocer batallitas, que hubo una época, en que todo el mundo lo pasaba muy mal. Pero que la gente era muy solidaria unos con otros, se convertían en felices necesitando menos, no queriendo tener más, y, pese a todo, muchos sonreían. Algunos tenían una enfermedad, pero otros lo hacían por convencimiento.
Comenzar con una sonrisa es quizá el mejor modo de ser felices. Y para eso, pensémoslo, no necesitamos estar enfermos. Necesitamos mirar alrededor y celebrar todo lo que nos rodea.
¡Tómense algo a nuestra mutua salud señores. Es martes y estamos vivos!