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Naufragio en el Adriático (21 de agosto)

Por María de Álvaro:

Hoy he sobrevivido a un naufragio en el Adriático. A un simulacro de naufragio, en realidad. Es lo que tiene viajar en un crucero, que, entre otras cosas, una esta obligada a vivir simulacros de naufragio a la hora de la siesta. La cosa comienza con una megafonía atroz y un ‘estimati passagieri’, luego sigue corriendo a tu camarote en busca del chaleco salvavidas y continúa subiendo a cubierta en medio de una marea humana de turistas tan obligados como tu al asunto de la pseudoemergencia.

Escaleras arriba solo pensaba en encontrar a Leonardo DiCaprio. Puestos a naufragar, que mejor que con alguien capaz de dejarte a ti el flotador. Le reconocí dos veces. La primera, en un americano octogenario; la segunda, en una señora de Trieste con mechas y el pelo muy corto. Es lo que tiene llevar gafas de sol sin graduar en un simulacro de naufragio. Por fin en cubierta y con el chaleco bien ceñido, a colocarse delante de las lanchas (de esas en las que nunca hay sitio para todos). Y de nuevo la megafonía para que sigas las ‘istruzioni’, que resultan sencillísimas: todos en fila de a cuatro o cinco y por orden de altura.

Eché de menos lo de las mujeres y los niños primero. Y también una buena orquesta, como la que tocaba mientras DiCaprio se lanzaba del Titanic abajo. El caso es que cuando ya estaba yo con el corazon en un puño pensando que con tanto realismo nos tiraban al mar de un momento a otro, llegó el ‘fotógrafo oficial’ del crucero a inmortalizar en cómodos grupos tan ‘difficile’ momento. Ahí entendí lo del orden de alturas, que, si no, no sales en la foto y no la compras luego (a 15 euros de nada, por cierto).

En esas estábamos yo y mi uno sesenta. Allí, en primera fila, con el nada favorecedor chaleco naranja sobre el biquini y sufriendo ante la proximidad del fotógrafo, no por tener que llevarme a casa una foto terrible, no, es que las exponen en el piso 11. Fue entonces cuando apareció Leonardo. Y me salvó la vida. Era un padre de familia de Murcia y no pasaba del metro y medio. ‘Avanti, signore’. Y me lo plantaron delante. Ahora, en la foto, solo se ven un par de ojos perplejos, y yo sigo a flote cruzando Italia camino de Grecia. Hecha, una vez más, toda un superviviente.

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