Por María de Álvaro:
Perderse en un barco en el que caben 3.000 personas es lo más fácil del mundo, más que nada porque a diferencia de los cientos de bares, restaurantes, cafeterías, discotecas, casinos y yo qué sé cuántas cosas que hay aquí dentro, todos los pasillos de camarotes son iguales. No hace falta decir que ya me he perdido entre una y un millón de veces desde que estoy aquí. Y, cada vez que sucede, me viene, además, la misma pregunta, ¿qué hago yo aquí?
Viajar en un crucero es lo más parecido a pasar unos días en un hotel con toque de queda. Tu puedes salir durante el día y hacer lo que te plazca, por supuesto y gracias a Dios, no es obligatorio apuntarse a las excursiones en las que te ponen una pegatina y sigues al guía que mueve un banderín. También puedes quedarte, tomar el sol, la sombra, morirte de gusto en el spa, de sudores en el gimnasio, inflarte a comer y, faltaría más, a beber. Puedes encerrarte en tu camarote, en otro… Puedes hacer lo que quieras, pero, cuando llega la noche, tienes que estar en tu sitio, porque aquí, como en el cole, se pasa lista.
La verdad es que eso produce al principio cierta angustia. Pero se pasa rápido. Basta con mirar por cualquier ventana, con asomarse a cualquier balcón, con perderse por cualquier cubierta. Basta con eso para ver el mar y olerlo y notar el mismo dolor de barriga que tantas veces debió sentir Marco Polo, una sensación también conocida como emoción que, lejos de dar ganas de vomitar por la borda, hace que una se sienta más dispuesta a pisar con fuerza la tierra firme. Y eso por más que lleve la polaroid colgando (evidentemente, esto es un decir) y me sujete a una pamela para que ninguna de las dos salgamos volando.
Y, por cierto y cambiando de tema, un último apunte: hoy he visto el mejor culo de mis vacaciones. Lo tiene Hermes y se lo hizo Praxiteles. O sea, estoy en Olimpia.