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Otro camino

Tenía 10 años y ni un solo pelo en la cabeza. Usaba muletas para caminar y nunca, pero nunca, dejaba de reirse. Por más que lo intento soy incapaz de recordar su nombre, pero su cara blanca y sus ojos azul claro no se me han olvidado. Le habían diagnosticado un cáncer y se trataba en la Clínica Universitaria. Por aquel entonces, yo era una estudiante de Periodismo en Pamplona y compartía piso con otras dos chicas. La madre de una de ellas era amiga de la familia de la niña y, por eso, durante algunas semanas, la pequeña se trasladó a nuestra casa. Venía sólo a dormir, siempre con su madre, porque se pasaba el día entero en el hospital. Siempre llegaba cansada, pero nunca, nunca, dejaba de reirse. Era primavera. Su última primavera.

Llegó el verano y, con él, nuestra vuelta a casa. En Pamplona se quedaban muchas cosas, aquel año alguna más que de costumbre. Y también, entre otras, la mochila llena de libros de aquella niña que nunca, pero nunca, dejaba de reirse. Me tocó devolverla. La traje a Gijón y se la llevé a su casa. Y aquella mujer, que acababa de perder a su hija de 10 años, me dio una lección y mucha envidia. Estaba tan segura de que su niña no se había muerto del todo, tan segura de dónde estaba y de que estaba bien, que ella tampoco dejaba de sonreir. No se alegraba de la muerte de su hija, por Dios, pero tenía esperanza. Yo, lo siento, pero a eso no lo llamo fanatismo. A otras muchas cosas sí, pero a eso no.

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por María de Álvaro

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febrero 2009
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