Hay en Cuba tres tipos de autobuses: los de turistas, los de viajeros y cubanos con pasta y los otros. Dentro del apartado ‘los otros’, los modelos van desde la guagua herrumbrosa, a la que no tiene cristal en las ventanas, pasando directamente por camiones en los que la carga son pasajeros o carros tirados por un caballo (he visto uno con la palabra ‘hospital’ escrita con tiza en un lateral que llevaba a enfermeras con sus uniformes puestos camino del trabajo. Lo prometo). En ‘los otros’ yo no puedo subirme porque sólo funcionan con pesos que no dan extranjeros y, en fin, porque habría que verlos.
Los de los turistas son exactamente iguales a los españoles, con la única diferencia que el guía tiene un tono de voz más musical y, cuando no habla, pone salsa o raegeton.
Los de los viajeros ya son otra cosa, una forma razonablemente barata y razonablemente cómoda de moverse por la isla. Eso sí, varias advertencias:
-Es imprescindible llegar al menos media hora antes de la partida a la estación. El señor de la taquilla que expende el billete y al que uno debe dar su nombre para que quede anotado es el mismo que recoge el mismo billete en la puerta del bus. Y si esta en la puerta, no vende billetes, y no hay más nada que hablar.
-También es conveniente llegar pronto porque el tiempo cubano no se mide en días de 24 horas ni horas de 60 minutos. Existen los conceptos ‘momentico’ (indeterminado) y ‘más-menos quince’, que quiere decir que lo mismo se retrasa que sale antes. Lo prometo de nuevo.
-Conviene no asustarse si de pronto el autobús para en medio de la carretera mientras un campesino hace señales desde un campo cercano. El autobusero tiene todo el derecho del mundo a comprarse, por ejemplo, una ristra de cebollas. Y luego estar un rato discutiendo con un pasajero porque acaba de pagar 50 pesos y el otro compró lo mismo ayer por 30. La discusión, real como la vida misma, se cierra cuando el conductor dice: “Y ahora en cuanto veamos una vaca, la trompamos y tenemos pal bistec”. Y lanza una risotada.
-También conviene relajarse si el bus para en una gasolinera a repostar, en medio de la carretera para limpiar las lunas o en medio del trayecto si un pasajero -si es pasajera y guapa, mejor- le dice que se detenga, por favor, que se quiere bajar porque vive ahí. En el primer caso, el de la gasolinera, es probable que algún propio se suba para vender turrón de maní.
-Finalmente es importante no dejarse llevar por el optimismo, 180 kilómetros pueden llevar 4 horas y 40 minutos. Y eso hasta lo juro si hace falta.