Cuando era pequeña (o menor, que tampoco crecí mucho) tenía dos barbies, una sin pierna y otra sin cabeza. Sus taras nunca me preocuparon demasiado, porque mis barbies, por lo demás, eran espectaculares: con sus melenas (una de ellas al menos), sus cinturas de avispa, sus cuerpazos en definitiva… Mis barbies no tenían Ken, pero jugaban en Begoña conmigo y con los geyperman. Mis barbies eran, éramos, felices. O eso recuerdo, ellas no sé qué pensarán porque hace tiempo que no nos vemos. El caso es que me acordé hoy mucho de mis barbies viendo las fotos del viaje oficial de los Príncipes de Asturias a Jordania. Y no digo más, que me embalo y me pierdo.