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La vida según Carlos López Otín

OTIN CONFERENCIA ATENEO JOVELLANOS

En contra de lo que a un simple vistazo podría parecer, ‘La vida en cuatro letras’ no es un libro de autoayuda. Si acaso lo fue al escribirlo para su autor, Carlos López Otín, que comenzó a gestarlo casi a modo de terapia, en un momento en el que, como él mismo ha confesado, la oscuridad se apoderó de su mente. ‘La vida en cuatro letras’ tampoco es un manual de recetas de felicidad: el libro se subtitula ‘Claves para entender la diversidad, la enfermedad y la felicidad’ y en ese ‘entender’ es donde está el meollo, donde el libro entronca directísimamente con una de las máximas del científico aragonés de alma asturiana: «Debemos conocer, conocer para poder curar».
Este no es un libro de autoayuda porque es un libro para conocer, un libro que si tuviera que ajustarse a un género al que mejor lo haría sería seguramente al de la literatura de viajes. Porque ‘La vida en cuatro letras’ es un viaje de la mano de su autor al centro mismo de la vida, a su origen, y, ya de paso, al interior de nosotros mismos, en tanto en cuanto somos, lo cuenta el propio Otín, los hijos de «una bacteria que hace 3.800 millones de años tuvo un sueño, crear otra bacteria igual a sí misma». Y somos también deudores de aquellos aventureros africanos que hace 200.000 años tuvieron la bendita idea, el coraje de salir a descubrir el mundo. Y resulta que solo el 10% de los genes que habitan en nuestro cuerpo son humanos; resulta que el resto pertenecen a los microorganismos con los que convivimos.
Leyendo a Carlos López Otín, uno, una, se siente como él dice que lo hace cuando acompaña a su hijo Daniel, experto ornitólogo, además de médico, en la contemplación de la naturaleza: o sea como un observador privilegiado de un milagro, el milagro de la vida, que pese a todo se resume en cuatro letras, las de los cuatro componentes químicos que forman el código molecular de nuestro ADN. Se siente como el niño del cuento de Eduardo Galeano al que su padre lleva a ver el mar por primera vez y, maravillado y tras un silencio «mudo de hermosura», le pide: «¡Ayúdame a mirar!».
En este libro de viajes Otín nos ayuda, es el guía, pero no viajamos solos con él. Lo hacemos también con Goytisolo y con Ángel González y con Gerardo Diego y con César Vallejo y con García Márquez, sobre todo con García Márquez, que un día le dedicó al autor el que es su bien más preciado:un ejemplar de ‘Cien años de soledad’ del que tachó la palabra soledad para sustituirla por felicidad. Literatura molecular pura.
Viajamos también con Abderramán III, y con Darwin. Y lo hacemos acompañados de música, de mucha música, de Leonard Cohen a Arvo Pärt, de Ofenbach a Patti Smith. Y también de las historias de vida, de los ejemplos de muchas personas y muchas familias que a lo largo de su vida se han acercado y se acercan al laboratorio de Otín en busca de esperanza, de ese conocimiento que él solo entiende si sirve para curar, para sanar. Personas que, como Sammy Basso, viven su día a día con la muerte muy presente y aún así consiguen ser felices, algunos hasta ejemplos de felicidad.
Otín, que ha visto «cosas que no creeríais» sin necesidad de llegar siquiera a Orion, nos ofrece un viaje emocionante, por momentos absolutamente conmovedor, cargado de luz, de destellos de sabiduría recopilada en años de estudio, de infinitas lecturas, películas, arias, canciones y hasta en las bolsas que ofrecen los aviones para los efectos secundarios del mareo: «Respira, ya pasará».
Él, que ha tocado fondo y ha podido «sentarse ahí abajo a pensar», tiene claro que, a pesar de todos los pesares, para el homo sapiens sentiens (que piensa y que siente) «no hay nada comparable a la emoción de vivir». Pues eso.

 

 

‘La vida en cuatro letras’, Carlos López Otín, Ediciones Paidós. 240 páginas. 18 euros.

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por María de Álvaro

Sobre el autor


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