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Poemas que no sobran

lavidamenguanteLos herejes sabemos que
alguna vez la vida
va y merece la pena.
Aunque dure un instante, la eternidad es cierta.

 

Ahora que una ocurrencia se confunde con un poema. Ahora que la intensidad de las palabras no se mide en emoción sino en ‘likes’. Ahora, paradójicamente igual que ha sido siempre, es necesario el arte de la resistencia. Hace falta tocar esa tecla, rescatar la belleza, ponerla en negro sobre blanco y, a ser posible, editarla y venderla (sí, venderla también). Por eso hay textos que pueden considerarse hasta necesarios. Le pasa a ‘La vida menguante’, de Pedro Luis Menéndez, que en sus poco más de 70 páginas contiene más destellos que cien pantallas.
Son éstos versos escritos a lo largo de los años y terminados hace unos cuantos. Su autor dice que están «reposados». Y puede que más que eso estén decantados, como ese vino que cuando se descorcha parece que saltara y no es hasta que se calma cuando se abre y se muestra. Defiende Menéndez, filólogo de formación y profesor de Literatura de unas cuantas generaciones de gijoneses en el colegio de los jesuitas, la poesía como artesanía, como construcción trabajada, y defiende además los círculos (o las circunferencias, pero esta sería otra discusión), que se abren para cerrarse y ahí radica su ser.
Una construcción trabajada en círculo es este conjunto de poemas que en realidad bien pudieran ser uno solo y que transitan por los caminos del tiempo, de su inexorable paso, y de la decepción, pero también de cierto optimismo, ese que habita cómodo en la retranca.
‘La vida menguante’, editada por Trea y con una delicadísima y certera ilustración en la portada de Federico Granell, es eso pero es además, como nos dejó dicho Orson Wells que son todas las buenas historias, una historia de amor. De amor y desamor, de ternura y de desolación, de camas compartidas y de camas heladas.
Si fuera una estación del año, ‘La vida menguante’ probablemente sería el invierno, pero también en ese invierno hay días en los que el sol sale y algunos en los que hasta calienta.
«No quiero hablar más claro», dice el poeta, que por momentos confiesa haber «perdido el camino» mientras «la soledad se ríe en mis narices tristes», aunque en otros todo cambia: «cuando llegas y estamos / tan juntos que el poema / se me escurre /y termina».
Al comienzo de ‘La vida menguante’ comparece Jean Giono a modo de declaración de intenciones («Donde voy, nadie va, nadie ha ido nunca, nadie irá. Voy solo, el país es virgen y se borra tras mis pasos»), y Jorge Guillén, y Salinas, y tantos otros poetas leídos y estudiados, pero lo hace sobre todo el propio Pedro Luis, mostrándose sin ningún pudor, al menos en apariencia, aunque parapetado detrás de un lector al que le concede el privilegio de la última palabra. Porque, lo dice él: «(…)las canciones mienten. Y los poemas sobran». O no.

 

La vida menguante. Autor: Pedro Luis Menéndez. Editorial. Trea, 2019. 74 páginas. 12 euros

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por María de Álvaro

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