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Lo que de verdad importa

A Cristina ya no le importa que Sánchez diga que ha ganado por tercera vez las elecciones en un año y se ría de su propio chiste, como si tuviera gracia. Le dan igual el bofetón a mano abierta que se lleva Ciudadanos y el alzamiento (sic) de Vox. Le da lo mismo que Casado sonría victorioso por perder menos en vez de por ganar más. Cristina se fue el sábado de reflexión con su luz a iluminar otros caminos, a ocuparse, supongo, de lo que de verdad importa. Porque visto con perspectiva, mirándolo desde la distancia, hablando en serio, esto de la repetición electoral no importa. Que todo cambie para que todo siga igual, ya saben. Eso de Lampedusa nos vale aquí. Cada vez más aficionados a vivir a la italiana, lo aplicamos al pie de la letra, pero puntualizamos: para que siga igual no, peor. Y peor estamos, de eso no hay duda, porque la composición parlamentaria, nos guste más o menos según a quién, es objetivamente más complicada. Lo que resulta más difícil de explicar es por qué algunos pensaron que volver a votar serviría para lo contrario.
Ha servido, sí, para agravar un escenario de pactos imposibles y para que las tropas de Santiago y cierra España se carcajeen después de haber sabido canalizar a los indignados. Sí, ha leído indignados. Porque el ascenso meteórico de Vox de la primavera al otoño no tiene nada que ver con el viento de les castañes sino con el cabreo generalizado. El resultado global, bien mirado, es en el fondo bastante parecido, pero más hartos. Que alguien anteponga su cabreo a todo lo demás (incluido en ese todo a niños inmigrantes solos en nuestro país tratados como criminales, que dicho ‘menas’ suena menos cruel) es preocupante. Que lo hagan 3,5 millones largos de españoles es para analizar. Y menospreciar la opinión de 3,5 millones es, cuando menos, poco inteligente. Lo mismo que pensar que no importa lo que piensen la mitad de los catalanes. Cualquiera de las dos mitades, aunque a una le asista la ley y a la otra se le haya ido definitivamente la olla.
Ha servido también para que Albert Rivera se vaya a pasear el perro. Y ahí está en realidad la verdadera noticia: en España un político dimite después de un batacazo. Un político dimite, así, a secas. Sujeto y verbo difíciles de unir hasta la fecha. Sugiero, ahora que el ya exlíder de Ciudadanos se queda en el paro, que se reivente en ‘coach’, palabro tan de moda y tan familiar para él, supongo. Podría asesorar a otros colegas, y nos hacían todos un favor. Entre los candidatos a clientes: Pablo Iglesias, que se ha dejado por el camino casi millón y medio de papeletas; su ex compañero Íñigo Errejón, que ha pasado de aspirar a grupo parlamentario a caber en un taxi con sus compañeros y compañeras, o hasta en una moto en algunos países con leyes de tráfico más laxas. Si se pasa por aquí, que no lo hará, porque pa qué, puede hablar con Ignacio Prendes, que vuelve a casa sin esperar a la Navidad, y hasta con Mercedes Fernández, senadora por los pelos y cien votos porque a pesar de ir de número uno hubo quien votó al PP pero no a ella, mira tú.
Casado parece que de esta no va a necesitar apoyo psicológico: ya se sabe que no hay nada como ver el vaso medio lleno, y Pedro Sánchez, ay, Pedro Sánchez es el rey del optimismo infundado, que es sinónimo de temerario. Lecciones a él, que no sabe si está tratando de formar gobierno o bailando unas sevillanas para lanzarse a por la cuarta.
Mi amiga Cristina, que era maestra de yoga, acababa siempre sus clases con un mantra que no se me olvida: «Que el eterno sol te ilumine, el amor te rodee y la luz pura interior guíe tu camino». Guapamente se podían apuntar todos a la próxima subasta eléctrica de tanta luz como necesitan. Namasté por nada, queridos.

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por María de Álvaro

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