Tengo un amigo que ha sido negro que siempre dice que si poder pudiera elegir, elegiría escribir el modo de empleo de los botes de champú. No de los de un champú corriente sino esos que hacen cosas fantásticas como provocar destellos de luz o conseguir un brillo de diamante o un cobrizo pasión. Mi amigo, que es pelirrojo y no se pone moreno ni en agosto, dicho sea de paso, ha sido negro de algunos escritores más o menos conocidos y sostiene que lo dejaría todo por entrar en nómina de Pantene o L’Oreal. Les cuento esto porque tal vez si mi amigo cumpliera su sueño mejorarían los resultados del informe Pisa. Dicen los expertos que el estudio de marras “refleja lo vagos que somos los españoles, porque no leemos las instrucciones”. Ni del champú, ni de los termostatos. Y yo, en un ataque de romanticismo, he pensado que los expertos se equivocan, porque lo que eso refleja es que los manuales de uso son un coñazo y que están fatal escritos. Sin ningún estilo.
Y ya de paso, sepan que he encontrado más errores de metodología en el informe Pisa. Por ejemplo, para determinar la capacidad de resolución de problemas de la vida real se supone que los chavales tienen que elegir de entre un catálogo de muebles los más baratos y en un mapa, la ruta más corta. Como si lo barato fuera un valor en sí mismo sin más o como si no fuera importante apreciar los buenos rodeos en favor de un atajo. En fin, que cuando ya tenía más o menos decidido no fiarme del Pisa escucho a mi admiradísima condesa viuda de Dowton Abbey sentenciando a una de sus nietas: “No seas derrotista, ser derrotista es de mediocres”. Y termino por decidirme.
Total, ya vendrá luego la realidad a desmentirme. Es lo que lleva haciendo año tras años a quienes se ocupan de cambiar las leyes de educación cada vez que les toca llegar al poder y a quienes permiten que en un mismo país haya 17 formas distintas de contar una misma historia. De sobra es conocido que la ignorancia es osada, pero es que además es cómoda. Parece que demasiado.