Cuando las cosas van mal por un periodo de tiempo prolongado, se instala la sensación de decadencia. Eso ocurre en Asturias desde la crisis del petróleo (años setenta). Hubo ejercicios buenos en las últimas cuatro décadas, como el milagroso 1987, en que la inflación quedó reducida a la mitad y el PIB creció a ritmo desconocido, y se dieron cortas etapas de crecimiento, como la acaecida entre 1998 y 2007, aunque fue menos intensa que en el resto de las regiones españolas. Pero el brioso inicio de siglo XXI no ahuyentó el pesimismo colectivo.
Hubo en esos cuarenta años oportunidades que se malograron. En la etapa autonómica, a partir de 1983, se produjeron dos mayorías absolutas. Parto de la premisa de que gobernar con mayoría absoluta da la oportunidad de introducir cambios profundos y asumir riesgos, porque los gobiernos de mayoría simple no aspiran más que a terminar sin sobresaltos sus mandatos. De 1983 a 1987, Pedro de Silva gobernó con 26 diputados; en esa época se empezaba a construir el edificio de la Comunidad Autónoma (apenas contaba con 6.000 funcionarios) y bastante hizo acertando con la tecla del turismo rural.
ARECES
La otra oportunidad se presentó en 1999, con la investidura de Álvarez Areces, respaldado por 24 escaños. Areces había hecho una brillante gestión como alcalde de Gijón (evitemos por una vez el sectarismo y reconozcamos que construir tres barrios -El Llano, Moreda, Montevil-, hacer dos playas, el Palacio de Deportes, el campus universitario, la remodelación de Cimadevilla, la remodelación del Paseo del Muro, ganar posiciones en Cajastur, etcétera, no es balance menor) y llegaba con mucha experiencia y ganas a la Presidencia del Principado. Recuerdo aquella frase de su primer discurso de investidura, “vamos a jugar a ganar”. Pero perdió.
La oportunidad se frustró porque el aparato del partido le declaró la guerra y se la ganó. Primero por la vía de facto, al retirarle el grupo parlamentario socialista su apoyo en la Junta General del Principado, y luego por la vía estatutaria al derrotar a sus seguidores en el congreso de noviembre de 2000, del que salió elegido como nuevo líder socialista, Javier Fernández. Bien es cierto que Areces cometió errores de bulto que precipitaron su derrota. A mi juicio, el mayor de todos fue destituir a Manuel Menéndez de la presidencia de Cajastur a los cuatro días de haber abandonado Joaquín Almunia la Secretaría General del PSOE. La banda de Villa se sintió libre para atacar con todo. A partir del año 2000, Areces gobernó bajo el esquema de la bicefalia, necesitando el refrendo del partido para la toma de decisiones.
MITTAL
En la decadencia o resurgir de un territorio no sólo influyen los avatares de sus gobiernos, sino también lo que acontezca en su tejido empresarial. En una descripción a trazo grueso podemos decir que el panorama empresarial de la autarquía se mantuvo hasta los primeros años noventa del pasado siglo. El famoso peso de la empresa pública, como factor diferencial de la región. En esos años noventa surgió otra oportunidad de cambio con la entrada de las multinacionales en el núcleo duro de nuestro sector industrial. Otra forma de trabajo se empezó a ver en las industrias asturianas. El caso más destacado llegó con la privatización de la siderurgia, que impuso novedosas pautas de funcionamiento a proveedores y clientes. En aquel momento, algún iluso (yo mismo), pensaba que por la vía de la inversión extranjera podría Asturias cambiar de tono, contagiarse de los modos de proceder de las grandes firmas triunfadoras y salir de la laxitud. No fue así.
A estas alturas, pensar que saldremos del letargo por los gobiernos es pura ilusión óptica. Ahí tenemos al actual Gobierno regional, que es el más acabado ejemplo de inmovilismo que hemos conocido en la etapa autonómica. Para ellos, gobernar es estar. El impulso tiene que venir de otro sitio. Descarto a la Universidad de Oviedo, porque de la clase funcionarial, en ninguna de sus manifestaciones, se puede esperar nada nuevo. ¿Y el empresariado autóctono?
FADE
Hubo un relevo generacional en el empresariado asturiano, que puso al frente de los negocios a un personal distinto, más viajado, leído y con la mirada puesta en la exportación. Ahora hace falta que asuma responsabilidades en nuestra región. Los empresarios no pueden mimetizarse con el discurso sindical, pendiente, únicamente, del presupuesto del Principado. Hay que cambiar de filosofía y exigir unas nuevas reglas del juego. Si se quiere crear empleo, hay que incrementar la flexibilidad, la movilidad y terminar con la lentitud de la Administración. Deben ser conscientes que en nuestra tierra hay tantos tópicos sobre los empresarios, que desde el propio gobierno se confunde beneficio con codicia. Tiene que haber subvenciones, pero con devolución y asignadas en función de la productividad del euro prestado. Es imprescindible bajar los impuestos y reducir radicalmente los chiringuitos que cuelgan del tronco del Principado. Pero la clave está en que el empresariado pierda el complejo de inferioridad histórico que tiene en Asturias, recupere la voz y enseñe el camino del progreso. Las reglas que funcionan fuera, también son de aplicación para Asturias.
Se me olvidaba decir que el pasado jueves hubo elecciones en Fade, y salió elegido presidente Pedro Luis Fernández.