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Juan Neira

LARGO DE CAFE

JUZGAR AL HEREJE

Tras sortear múltiples obstáculos, José Ángel Fernández Villa se va a sentar en el banquillo de los acusados. Un sito indeseado al que llega por culpa de una querella presentada por el sindicato minero, su sindicato, que gobernó durante tres décadas con poderes omnímodos, sin que sus conmilitones le pusieran ninguna pega o reparo. No hubo ninguna otra organización política o sindical en Asturias que tuviera un líder tan venerado por los afiliados. La querella es difícil de entender si pensamos que el SOMA está dirigido por un sindicalista, José Luis Alperi, que fue encumbrado desde la base hasta la cúspide por el propio José Ángel Fernández Villa. Para que Alperi y el SOMA arremetan contra Villa tuvo que suceder algo extraordinario, como el acogimiento del ex secretario general del SOMA a la amnistía fiscal de Montoro para regularizar 1,2 millones de euros. En ese momento, la admiración se trocó en escándalo, y la familia socialista, FSA y SOMA, escenificaron la condena del hereje. Inmediatamente fue expulsado del partido y del sindicato. Una sentencia política exprés que no tenía otro objetivo que hacer ver al personal que lo de Villa era un caso de degradación personal, particular, que en nada afectaba a sus compañeros del partido y sindicato. A partir de ahí vino todo lo demás: la querella del SOMA por supuesta apropiación indebida de 420.000 euros, a la que se ha sumado la acusación de la Fiscalía pidiendo cinco años de cárcel.

Quieran o no los querellantes, el juicio es el cuestionamiento de una larga etapa política asturiana en la que el líder del SOMA mandaba por encima de las instituciones. Me explico. Los procedimientos democráticos se observaban, pero en la práctica era Villa quien ayudado por su dedo elegía al compañero del partido que iba a optar a la Presidencia del Principado, fijaba condiciones para que el presupuesto de la región fuera aprobado en el Parlamento, proponía a los candidatos a alcalde y gobernaba en la todopoderosa Hunosa. A finales de los años ochenta, cuando la pugna entre el régimen comunista de Polonia y el sindicato Solidaridad abría las informaciones de política internacional en los medios, era habitual comparar a Villa con Walesa. En todo ese tiempo Villa era el jefe, pero algunos de sus correligionarios se beneficiaban. De eso no se habla. Para la estabilidad del sistema y el buen nombre de políticos y sindicalistas es mejor pensar que Villa fue la excepción, la anomalía, la encarnación del mal.

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por JUAN NEIRA

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