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Juan Neira

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ARANCEL AMBIENTAL Y ‘PLAN B’

Desde su primera intervención en la Junta General del Principado, Adrián Barbón hizo del optimismo un rasgo distintivo de su discurso. Barbón dice que no quiere negociar con Vox, pero los que de verdad le generan mal rollo son los pesimistas de cualquier credo ideológico.

Reconozcamos que en Asturias el pesimismo y su réplica menor, el escepticismo, gozan de alta estima social. Hasta tal punto es así que ambos van asociados a mentes inteligentes y cultivadas, mientras que los optimistas son vistos como ingenuos y desinformados.

Pensar en positivo, obsesión de ‘zidanes’ y ‘guardiolas’, es un mandamiento obligado cuando se quiere ganar. Como nuestra tierra ya tiene cubierto el cupo de derrotas, adoptar la actitud del joven presidente puede ser un acierto.

Dicho todo lo anterior, me voy a permitir una incursión por la realidad sin temor a llegar a conclusiones indeseadas.

Objetivo clave

El primer objetivo que se marcó el presidente Barbón fue la aprobación de un arancel ambiental para proteger a la industria. Una medida de escala europea, verdaderamente clave para evitar las deslocalización de nuestras factorías.

Para Arcelor, EdP, DuPont, Química del Nalón, Alu Iberia (Alcoa) y Cementos Tudela de Veguín sería una excelente noticia su aprobación. Pedro Sánchez asume la propuesta.

El arancel ambiental supone gravar los productos elaborados en países sin normas ambientales con una tasa que iguala el coste de fabricar ese mismo producto en la Unión Europea. Obligarles a vender a precio de producto limpio lo que fabrican de forma sucia.

Al plantearse esa iniciativa me recordó un esbozo de polémica que hubo hace muchos años en las instituciones europeas, cuando se produjo un débil intento de hacer frente al ventajismo industrial de chinos, coreanos, etcétera, fabricando todo tipo de mercancías por obreros pagados con sueldos míseros.

Exportaban los productos a Europa a precios muy competitivos por los bajos costes que soportaban. La receta para acabar con la ventaja competitiva de explotar la mano de obra era de la misma naturaleza que la planteada ahora para contrarrestar la venta barata de mercancías sin control medioambiental: el arancel social.

Entonces, aquello no prosperó por razones ideológicas, al considerar un precedente peligroso hacer un examen de las cargas sociales que debe tener un producto para aceptarlo sin reticencias en el mercado europeo.

Excepción

Me temo que con el arancel ambiental pase algo parecido. En medio de la ofensiva proteccionista iniciada por Trump, establecer un novedoso arancel ambiental sería alzar una barrera ante los productos del resto del mundo.

En China, Turquía o Rusia se puede fabricar acero de forma desprejuiciada, sin reparar en el dióxido de carbono que se emite a la atmósfera, pero a escala mundial la verdadera excepción no son ellos, sino la propia UE. Hay que atreverse a reconocerlo.

Parece que la Comisión Europea va a modificar los aranceles que se aplican a las importaciones de productos siderúrgicos y que se actualizará la lista de países del Tercer mundo a los que no se aplican aranceles. También se va a reflexionar sobre la política suicida de liberalizar progresivamente la cuota de productos importados. El pasado mes de julio aumentó un 5%.

Todas las medidas expuestas son posibles, pero un arancel ambiental es un salto cualitativo. Las contradicciones internas de la Unión Europea de los ‘Veintiocho’ impiden blindar la industria europea de la competencia desleal, pero no son un impedimento para llevar adelante un duro ajuste de las emisiones de gases de efecto invernadero en el territorio de la UE.

En el artificial mercado de los derechos de emisión de gases, se pasó, en dos años, de pagar 5,6 euros por la tonelada de CO2, a pagar 29,1 euros. ¿Cómo se hizo? Muy fácil, reduciendo la oferta, es decir, los derechos de emisión. Los políticos juegan con la cantidad y las empresas pagan el precio que ellos fijan.

Falta la segunda parte que consiste en reducir el tope de emisiones permitidas para cada industria y en caso de infracción se pagan fuertes multas.

Fundamentalismo

El sacrificio de la industria europea no va a significar la reducción de un gramo de dióxido de carbono, porque las producciones se desviarán hacia terceros países. El fundamentalismo medioambiental de los burócratas europeos convertirá a la UE en zona liberada de industria pesada.

En Asturias hace falta un ‘plan b’. Se deben defender con denuedo nuestras factorías, sabedores que de esa forma se gana tiempo para organizar una alternativa. Hay que pelear el arancel ambiental, pero siendo conscientes de que en la UE al sector industrial tradicional no le van a permitir que vuelva a ser competitivo.

En el discurso de investidura, Adrián Barbón mencionó los parques científicos y tecnológicos como ejemplo de «la mejor Asturias». En su intervención en la Feria de Muestras, algo quise entenderle a María Luisa Carcedo en esa dirección, pero no estoy seguro porque nuestra ministra de sanidad tiene el corazón partido entre el socialismo de la industria y la religiosidad del medio ambiente. En fin, que a lo mejor todos barruntamos lo mismo.

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por JUAN NEIRA

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