Pleno institucional con motivo del Día de Asturias. Una ceremonia llena de buenos deseos, con veladas críticas y atmósfera de camaradería. Las festividades de las comunidades autónomas tienen un sello identitario, porque la exaltación de lo próximo y la subordinación de lo que nos une al resto, acompaña al discurso político desde los primeros textos estatutarios (Gernika y Sau). La reclamación del autogobierno se ha hecho a costa de talar el árbol del Estado, y la situación ha llegado a ser tan disfuncional que no hay forma de saber cuántas personas se infectan cada día en España con el maldito virus.
En Asturias tenemos la enorme suerte de compartir el afecto por la nación y la región sin sufrir contradicciones. Los mejores asturianos de la historia (pienso en los ilustrados del Siglo de las Luces), los que más hicieron por Asturias, tuvieron una gran preocupación por España y se implicaron en la tarea de gobernarla, pese a tener que pagar, a veces, un alto precio. Ahora que somos menos, más viejos y más pobres, espero que no triunfe el discurso de la diferencia, porque necesitamos más cohesión nacional y solidaridad interterritorial para cambiar la tendencia declinante.
Los portavoces parlamentarios partieron de lo que hay, y lo que hay es la pandemia. Es el factor que ha trastocado la realidad diaria. A partir de ahí confluyeron en la necesidad de un pacto por Asturias. Tantas alusiones a ir todos unidos, parecía una llamada a bailar la Danza Prima. Los consensos no son siempre necesarios. Ejemplo: para gestionar mejor una prestación social no es preciso que apoye todo el Parlamento, lo que hace falta es que afine el Gobierno. Sin embargo, algunos acuerdos son imprescindibles. En esta ocasión, debido a la crisis sanitaria y económica, es obligado formar una mayoría parlamentaria en torno a los presupuestos de 2021. Eso también es hacer patria