La Mesa de la Junta General del Principado buscó una salida para los casos en que un diputado proteste por no entender a otro que habla en bable. Descartaron la salida lógica que es la prestación de un servicio de traducción, como se hubiera adoptado si la falta de entendimiento se produjera con una lengua cualquiera reconocida por todos como tal. Por ejemplo, imaginemos que la Unión Europea, en un intento por homogeneizar el territorio de los 27 estados, permitiera utilizar a cualquier interviniente en las instituciones de los países miembros la lengua de cualquier estado. Inmediatamente se organizaría en Las Cortes Generales y en las cámaras autonómicas un servicio de traducción. Con la llingua asturiana se ha adoptado una fórmula de andar por casa: el presidente de la Junta y los presidentes de las comisiones parlamentarias decidirán en cada caso si procede la traducción o si basta con una explicación (imagino que en castellano). Queda por delimitar el tiempo máximo para realizar explicaciones o aclaraciones.
La fórmula adoptada muestra el rigor con que tratan los diputados a la institución a la que pertenecen y, de paso, le hacen un flaco favor al bable. La Mesa de la Junta apuesta por la discrecionalidad. Todo queda en función de las entendederas y de los humores del diputado que preside cada sesión. Se prescinde de normas (los reglamentos también son una norma) y se sustituye por los pareceres. “Esgonciar”, “arrebalgar” o “suxetu” son palabras conocidas por todos o necesitan traducción, según la consideración del moderador. O quizás baste con una somera explicación añadiendo cinco segundos al tiempo reservado para la intervención. La viabilidad de la fórmula adoptada por la Mesa dependerá del ahínco que pongan Unidas Podemos y Vox en defender sus principios: el primero negándose al más ligero intento de traducción y el segundo dispuesto a no entender lo que no sea expresado en la única lengua oficial de Asturias.
Por debajo de los argumentos se intuye que hay una mayoría parlamentaria que considera intranscendente el uso del bable en la Cámara. Queda relegado al nivel de anécdota, por eso se decide en cada caso de una manera o de otra. No hay un patrón de conducta. Llegados a este punto me asalta la duda. No sé si el papel subalterno de la llingua se debe a que todos los diputados hablan en castellano y dejan el bable para el “postureo”, o es por una abierta falta de interés por lo que se diga en la Cámara, con independencia de la lengua que se utilice.