La oferta electoral se compone de cabeza de lista y siglas de partido. Antes era muy importante el programa (recuerdo cuando los socialistas, en 1982, incluyeron la nacionalización de la red de alta tensión y se montó la marimorena). En la actualidad el programa viene, por ejemplo, en cuatrocientos puntos que nadie recuerda ni cumple. También eran importantes los nombres que iban en la lista detrás del primero. En las primeras elecciones generales el PCE, en Asturias, llevaba en el cuarto puesto de la candidatura al Congreso de los Diputados al catedrático de Derecho Internacional, González Campos, y se celebraba como un gran fichaje. En el presente el cuarto de la lista es como el cuarenta, figuras anónimas que se alinean siguiendo la ley cremallera: chico-chica-chico-chica. El capital electoral se resume en un nombre (más bien una foto) y el anagrama del partido. En base a ese binomio se elige una candidatura u otra.
Como las siglas o el anagrama de las formaciones políticas ya están decididos, lo único que hay que escoger es el nombre del cabeza de cartel. Para los comicios autonómicos de la próxima primavera hay partidos que ya tienen solucionada la papeleta, como por ejemplo, el PSOE. A falta de cumplir unas formalidades intranscendentes, todo el mundo sabe que será Adrián Barbón. No hay otros candidatos y cuenta con las bendiciones de los órganos nacionales y regionales de su partido. Sin embargo en otros grupos hay dudas o, simplemente, se ignora el nombre y se realizan cábalas. Entre estos últimos está el PP.
En el Partido Popular la última palabra, y la primera, la tiene la dirección nacional. Se elige en Madrid y se vota en Asturias. Así se ha hecho en el pasado. En la coyuntura en que estamos el problema no es de método, sino de encontrar un nombre que satisfaga las expectativas. Con otras palabras: alguien que pueda ganar las elecciones para romper una larga (larguísima) racha de derrotas. La militancia quedó diezmada cuando se produjo la escisión de Foro. Fuera del partido hay gente en el espacio sociológico de la derecha que podría tener gancho entre el electorado, pero no es fácil que acepten un reto que puede tener como primer destino cuatro años en la oposición. En 2019, el PP se encontraba así en Oviedo y encontró a Alfredo Canteli. Claro que en la capital la derecha tiene siempre el panorama más despejado. En definitiva, que encontrar el nombre adecuado es difícil y, a la vez, esencial porque los asturianos tienen el derecho a contar con una alternativa.