En una carta a la militancia socialista Adrián Barbón dio a conocer que se presentará como candidato a la Presidencia del Principado en los comicios de mayo de 2023. Era un hecho sabido sin margen para la duda. El propio Barbón comentó alguna vez que la decisión que tomaría ya se la imaginaban los asturianos, lo cual era cierto. En caso de haber optado por dejar el cargo la sorpresa y el desconcierto hubieran sido mayúsculos en Asturias y en Madrid, ya que cualquier otro candidato, a estas alturas, rebajaría las expectativas del PSOE ante las urnas. Goza de una buena relación con Pedro Sánchez y salió reelegido como líder de la FSA en el último congreso con un respaldo amplísimo de los delegados. El magnífico resultado sacado en las pasadas elecciones le otorga crédito para intentar ganar las próximas.
Todas estas razones son de peso y, por si solas, conducen a volver a encabezar el cartel electoral. Podríamos añadir otra que es muy simple, pero tiene una gran importancia al tratarse de una decisión personal: a Barbón le gusta ejercer la función de presidente del Principado. La realización personal es muy importante en cualquier empleo o función. En la política se sufren disgustos y se reciben críticas; también hay que tragarse muchos sapos. No pasa una semana del año sin recibir noticias adversas. Para hacer frente a todo ello hay que sentir un determinado nivel de satisfacción en el cargo. El gobernante que está a disgusto ejerciendo su tarea debe dimitir porque sin convicción es absurdo seguir.
El PSOE ya tiene candidato. Es el primer partido en mover pieza. Así ha ocurrido en anteriores ocasiones. La anticipación a la hora de elegir candidato se debe a dos razones: la aplicación de un método consolidado y la convicción de la militancia de que toda la actividad política debe subordinarse al objetivo de ganar en las urnas. Otros no lo tienen tan claro.