La negociación presupuestaria en Asturias, un asunto del mes de difuntos, se ha adelantado a septiembre. En nuestra región todo lo que sea madrugar es un acierto. Lo usual era dedicar la vuelta de las vacaciones para elaborar el presupuesto, tarea que se iniciaba meses atrás, pero se le daban los últimos toques en octubre. Esta vez no sé si la anticipación de la negociación va acompañada de un adelanto del proyecto de cuentas. En caso contrario, la negociación se inicia sobre una página en blanco.
En España el Gobierno registra su proyecto en el Congreso de los Diputados y a partir de entonces se inicia la negociación. El asunto va de enmiendas a las partidas, no de proponer al Gobierno que haga una ley. Para decirlo todo, hay dos caminos espurios, uno a nivel nacional y otro regional, por donde se interna la oposición y el Gobierno consiente cuando no tiene mayoría. En el Congreso de los Diputados, el núcleo duro de cada grupo parlamentario prepara estrategia y propuestas, dejando un espacio libre para que los diputados reivindiquen actuaciones para su provincia. Unos y otros saben que todo es una falacia, ya que se tratan de vender iniciativas a sabiendas de que van a quedar sin ejecutar. El caso es quedar bien ante los de casa, que son los que meten la papeleta en la urna. Algo de esto lleva años sucediendo con los accesos de El Musel.
Parecido trampantojo ocurre a escala autonómica, cuando la oposición pide mejoras para los concejos con alcalde de su partido. Hace unos años, en la época de las ententes entre Javier Fernández y Mercedes Fernández, la imaginación estaba bajo mínimos y la petición de piscinas pobló la región.
La principal novedad este año es que hay mucho dinero para gastar en el Principado. La inflación disparó la recaudación, porque los socialistas se niegan a deflactar el Impuesto sobre la Renta (IRPF). No es cosa del PP, que también, sino de otros partidos. A la hora de deflactar el campeón es el PNV: en diciembre de 2021 aplicó un 1,5%, el pasado mes de julio, 4%, y para enero ya avisa que va a deflactar otra vez. Las diputaciones vascas recaudaron este año mil millones de euros más que el pasado y el lehendakari Urkullu ordena repartir los beneficios con los ciudadanos. Como debe ser.
La inflación es un impuesto que empobrece a la gente y enriquece a las haciendas públicas. No hay ninguna razón para que no nos devuelvan el dinero de más que cobraron, pero los gobiernos socialistas prefieren gestionarlo ellos. Luego, aumentan el gasto social y se ponen otra medalla en la pechera. Qué cómodo es hacer el bien con el dinero ajeno.
El asunto está de plena actualidad porque coincide con el debate nacional sobre impuestos. Las comunidades del PP renuncian al de Patrimonio o lo bonifican sustancialmente, y el Gobierno amenaza con llevar al BOE una norma que imponga un tipo fiscal mínimo. ¿Y cómo no les preocupan los tipos fiscales máximos?
La portavoz del Ejecutivo, Isabel Rodríguez, señaló que en Andalucía, con la supresión del Impuesto de Patrimonio, no habrá dinero para contratar a médicos y profesores. Andalucía tiene un presupuesto de 43.800 millones y recauda 93 millones por el Impuesto de Patrimonio. Así que si los andaluces renuncian al 0,2% del presupuesto, se quedan sin médico. A Isabel le va a crecer la nariz
Nuestros diputados van a ir a la negociación del presupuesto con las arcas del Principado llenas. Es importante resaltarlo, porque hay grupos de la izquierda que quieren elevar los tipos impositivos. Por ejemplo, Podemos tiene el ojo puesto en el Impuesto sobre Patrimonio, cuyo mínimo exento (700.000 euros) quiere bajar a 500.000. También desea gravar más las rentas de las personas físicas a partir de determinado umbral. IU renuncia a regañadientes a subir el IRPF, pero pide implantar una ecotasa.
El Gobierno de Pedro Sánchez va a aprobar tres nuevos tributos: un impuesto sobre la riqueza, que supone cobrar dos veces el Impuesto de Patrimonio, otro a la banca por la subida de tipos de interés (¡rozaban el 0%!) y un impuesto a las compañías energéticas por lo que ganan.
Así que las arcas estatales y autonómicas recaudan más dinero que nunca y hablan de elevar los tributos. La conclusión es clara, no necesitan más dinero, sino que usan los impuestos como una multa por la posición social. En el caso asturiano, el asunto de la fiscalidad resulta doloroso porque han aumentado las renuncias a las herencias: una de cada cuatro. ¿Qué hace el Principado con todo el patrimonio inmobiliario que le llega por esa vía? El miércoles, cuando empiece la negociación presupuestaria, el asunto de la fiscalidad, revoloteará sobre la mesa. A ver quién se atreve a hacer un planteamiento coherente.
Termino con una anécdota ilustrativa que me contó un altísimo dirigente socialista hace años. En los primeros años ochenta, una delegación del PCUS (Partido Comunista de la URSS) visitó a Olof Palme, fuera de la agenda oficial. Querían conocer las interioridades del modelo socialdemócrata sueco, pero daban rodeos. Palme se impacientaba y les preguntó directamente: «¿Ustedes hasta dónde están dispuestos a hacer reformas?» Uno de los altos burócratas le contestó: «La línea roja es que no haya ricos». Y el primer ministro sueco respondió, «justo lo contrario que nosotros. No toleramos que haya pobres».