Hace unos días decía Felipe González delante de Pedro Sánchez, Zapatero, Almunia, Narbona, Montero y Cerdán, que «lo único previsible para los próximos meses es lo imprevisible; la única certeza es que no hay certezas». Una reflexión que rezuma sentido común. Dando por buena esa valoración, apuntemos que los ciclos políticos y electorales se han acortado extraordinariamente, de tal forma que sigue habiendo subidas y bajadas, cumbres y valles, pero se suceden en un lapso de tiempo extraordinariamente corto.
Tomemos como referencia los dos grandes seísmos de este otoño. En Italia hubo elecciones generales el 25 de septiembre. La victoria fue para Hermanos de Italia, el partido de Giorgia Meloni, con el 26% de los votos. En las anteriores elecciones, celebradas en 2018, Hermanos de Italia solo había logrado el 4% de los sufragios. En dos años sextuplicó de largo su cuota electoral.
En el Reino Unido, en diciembre de 2019 hubo elecciones generales que fueron ganadas por el Partido Conservador, liderado por Boris Johnson. El mayor éxito electoral en el Reino Unido desde los comicios de 1987, en plena égida de Margaret Thatcher. Dos años y medio más tarde, Johnson tuvo que dimitir y su sustituta, Liz Truss, duró seis semanas de primera ministra. Los sondeos pronostican una victoria histórica de los laboristas cuando sean convocados los ciudadanos a las urnas.
En España se han producido fenómenos parecidos, pero a menor escala. Recordemos que en las últimas elecciones generales (10 de noviembre 2019) había cuatro candidatos destacados, Pedro Sánchez, Pablo Casado, Pablo Iglesias y Albert Rivera. A los dos años solo Pedro Sánchez quedaba en la foto.
Conclusión, los ciclos se acortan y los cambios se suceden. No es seguro que las encuestas puedan captar las aceleradas mutaciones de la política de nuestros días. Gobiernos y oposiciones no pisan tierra firme. Es un fenómeno que se produce en todas las instituciones, desde el Congreso de los Diputados hasta los plenos municipales de pequeños ayuntamientos. La falta de certezas crea inquietud. Y en esas estamos.
Los siete grupos con escaños en la Junta General del Principado están a la expectativa. En otras ocasiones, a falta de siete meses para renovar la Cámara, siempre había uno dos grupos que exhalaban optimismo. No es el caso. El PSOE teme que el retroceso electoral de Pedro Sánchez se contagie al mapa autonómico. Para otros grupos los nuevos tiempos solo pueden traer penalidades: Ciudadanos está con encefalograma plano; Foro sigue sin discurso ni estrategia; Podemos, con sus depuraciones internas, continúa la cuesta abajo. IU está a la espera del flotador de Yolanda Díaz. Las expectativas de Vox cambiaron tras el fracaso de Macarena Olona en Andalucía.
Los mayores interrogantes están en torno al PP que sigue atascado en la búsqueda del candidato ideal para alcanzar la Presidencia del Principado. El repaso de nombres -profesionales y algún empresario- no les saca del marasmo. A partir de las elecciones de 2011 siempre optaron por un mismo perfil: mujeres con carácter y sin triunfos electorales en su hoja de servicios. Las dos veces que ganó la derecha en Asturias fue con perfiles diferentes. Las victorias del PP en el Ayuntamiento de Oviedo también acontecieron con candidatos alejados del retrato robot buscado para el Principado.
Sería bueno pensar en una persona amable, que sea más cercana a la gente. Alguien con quien pueda empatizar el electorado. Y con un bagaje de ideas que vaya más allá del argumentario oficial. Puestos a pedir, añadiría otras dos cualidades. Un candidato que al hablar transmita compromiso con lo que dice, con quienes le escuchan y con la región. Por último: olfato político. El olfato es a la política, lo que el oído a la música. Era lo único que tenía Gabino de Lorenzo cuando tomó posesión como alcalde de Oviedo en el año 1991. No sabía nada de política institucional, pretendía poner los plenos del Ayuntamiento a las ocho de la mañana. Hubo otra época en que se cansó y no apareció por los plenos en catorce meses, pero tenía olfato y ganó seis elecciones seguidas. Veinte años al frente del Consistorio. La ciencia dice que el olfato es el sentido más relacionado con el instinto de supervivencia. El resto de sus conmilitones no lo tenían y a lo largo de esos veinte años fueron desapareciendo de la escena.
La actual dirección del grupo parlamentario del PP carece de olfato, no tiene instinto político. La prueba más clara estuvo en la respuesta que dieron cuando la izquierda intentó convertir el bable y el eonaviego en lenguas oficiales. La principal operación política de la legislatura, en la que el Gobierno y la FSA pusieron toda la carne en el asador. El PP se limitó a discrepar en algunos plenos parlamentarios. Ni manifestaciones ni recogidas de firmas ni mociones de censura ni plataformas contra el sistema trilingüe. Nada, como si fuese un tema menor. Como si el electorado de la derecha viviera con indiferencia la Torre de Babel que se proyectaba. Un amigo mío dice que si invitan a una cacería a los diputados del PP se ponen a buscar lagartos entre la hierba.
La derecha ganó y gobernó con Sergio Marqués, Gabino de Lorenzo, Álvarez-Cascos y Alfredo Canteli. Hay diferencias entre ellos, pero también semejanzas: ninguno trabajó de saltimbanqui y los cuatro inspiraron respeto a los rivales.