Desde las 19 horas del pasado miércoles, España vive una situación singular al quedar a la espera de lo que diga el presidente del Gobierno, mañana lunes, acerca de su futuro. Cinco días después de publicar la carta nos comunicará si sigue al frente del Ejecutivo o no. ¿Ha perdido apoyos parlamentarios? ¿Tiene un grave problema de salud? No, es otra la razón: un juzgado de Madrid ha abierto diligencias previas sobre las relaciones de Begoña Gómez con empresas privadas que hubieran podido llevar a la presunta comisión de delitos de tráfico de influencias y corrupción. La actuación de un juez paraliza España si está por el medio la mujer del presidente del Gobierno.
Sobre el asunto que investiga el togado ya publicaron algunos medios varias y detalladas informaciones, así que no pudo suponer una sorpresa para el presidente ni para ningún ciudadano atento a la actualidad. La diferencia está en que ahora un juez quiere ver papeles, recabar testimonios, etcétera. Muchísimos españoles se han visto citados por jueces, desde infantas, presidentes del Gobierno (Felipe González, caso Marey), ministros, altos funcionarios, banqueros, empresarios, artistas, deportistas, curas, etcétera, pero si le toca a la ciudadana Begoña Gómez se monta un escándalo internacional, como si la posición de consorte llevara inherente algún tipo de inmunidad.
Abismo
En la carta que nos envió Pedro Sánchez, tras hablar de la denuncia de Manos Limpias, pasa directamente a condenar por ‘colaboradores necesarios’ al PP y Vox. A partir de ahí les acusa de todo, empezando por poner en marcha ‘la máquina del fango’ o ‘deshumanizar y deslegitimar al adversario político a través de denuncias tan escandalosas como falsas’. El ambiente político se ha degradado en España de forma alarmante. Desde 2015, cuando se vino abajo el bipartidismo, el cruce de insultos y descalificaciones ha servido para cavar trincheras. Entre izquierda y derecha hay, por desgracia, un abismo de incomprensión que me resisto a calificar de odio.
Ese escenario es obra de todos los partidos. Aquí no hay buenos y malos. Pedro Sánchez abomina de los ataques personales que recibe su mujer, cuando él ha estado encabezando una brutal ofensiva contra Isabel Díaz Ayuso, a cuenta de las irregularidades o delitos fiscales de su novio. Ese sí que fue un ataque por tierra, mar y aire para tapar el escándalo de Koldo (¿y Ábalos?).
Al final de la carta, anuncia que cancela la agenda pública para reflexionar con su esposa sobre si merece la pena seguir ejerciendo el cargo de presidente de Gobierno o renuncia a ‘este alto honor’. ‘El 29 de abril compareceré ante los medios de comunicación y daré a conocer mi decisión’.
Movilización
Sánchez busca una comunicación directa con los ciudadanos, como hizo en las primarias con los militantes de su partido. Se siente cómodo en ese tipo de relación, líder-bases. En el debate, sea parlamentario o partidario, no es tan eficaz. La carta, tan directa, buscaba una respuesta de los destinatarios, haciéndoles creer que depende de ellos su voluntad de quedar o marchar.
A mí me pareció palmaria esa interpretación y por eso en la columna que escribí a continuación, en la tarde-noche del miércoles, tuve la oportunidad de anotar: ‘una carta tan dramática y melodramática busca una respuesta emocional de masas. Una gran manifestación en Madrid, a ser posible el fin de semana, despejaría las fingidas dudas de Sánchez entre seguir o dimitir’.
Los actores respondieron al guion del presidente. El Comité Federal hizo terapia de grupo ante la posible orfandad sobrevenida con María Jesús Montero, al frente, más feliz y saltarina que nunca, mientras las bases coreaban pareados en la calle exigiendo que el jefe elija montura y espada. Por cierto, ¡cuánto peor hablan los ministros que los presidentes autonómicos! (lo de ‘somos perros’ de Teresa Ribera queda para el recuerdo; ¿y lo de ‘somos bambis’?). Con la excepción de Óscar Puente, que está varios cuerpos por delante del resto.
Sustancial
Vamos a lo sustancial. Entre la carta, el dramático periodo de reflexión y la respuesta social, el expediente judicial queda sometido a un cordón sanitario, como producto creado por las fuerzas del mal (‘coalición de intereses derechistas y ultraderechistas que no toleran la realidad de España’). Mañana, con la comparecencia de Sánchez se cierran unas jornadas excepcionales que no tienen precedente en nuestra democracia, con un presidente que duda en público si se queda o se va, dando a entender a los ciudadanos que su respuesta podrá decidir el rumbo de los acontecimientos. En resumen: tras los ejercicios espirituales, la izquierda está más movilizada que nunca ante los comicios catalanes y europeos.
Por encima de todo lo anterior, lo más grave es que el relato de Sánchez basa su eficacia en extremar la polarización. El miembro del Gobierno más cercano al presidente, Félix Bolaños, una persona de natural moderada y razonable, en las intervenciones de estos días recurrió, sistemáticamente, al término ‘la jauría’ para referirse a los rivales. No quiero cargar las tintas, pero me viene a la cabeza una estrofa repetida entre la militancia, en los últimos meses de la Segunda República, ‘echa esa bomba que escupe metralla sobre esa canalla de Acción Popular’. Con dos bandos intercambiando esas lindezas se allanó el camino para que otros dieran un vuelco a la situación sin necesidad de discursos.