Pedro Sánchez llevó el drama hasta el clímax, cuando se puso ante las cámaras y nos saludó con un desconcertante «buenas tardes», a las 11 de la mañana. El efecto que había buscado estaba conseguido, con todo un país pendiente de una decisión de carácter personal, aunque de evidentes consecuencias políticas: marcharse o quedarse. La operación, sin antecedentes en nuestra historia, estaba basada en la carta que publicó el pasado miércoles, construida sobre un dilema: ¿merece la pena soportar calumnias, campañas de acoso o conjuras? ¿Tiene sentido seguir siendo presidente?
Pues bien, al escribir la segunda parte del drama, ideada para contestar al suspense dilemático, Pedro Sánchez falló. O fallaron sus estrategas de cabecera y amanuenses. Aunque al empezar a hablar recogió la pregunta del pasado miércoles, bajo la fórmula de «¿merece la pena?», que luego estiró con un repetido «si permitimos», la trabajada retórica concluyó con una afirmación rotunda, «me quedo», pero sin soporte argumental: «Mi mujer y yo sabemos que esta campaña de descrédito no parará. Llevamos diez años sufriéndola. Es grave, pero no es lo más relevante. Podemos con ella». Entonces, qué sentido tiene dejar de gobernar, detener cinco días a un país, dar a entender que el sufrimiento es enorme, para decir, luego, exultante, que todo eso no es lo más relevante, porque Begoña y Pedro pueden con todo. A continuación, el presidente nos confesó que lo más importante era la movilización social, es decir, los 12.500 ciudadanos que fueron hasta la sede de Ferraz para agitar banderas ante el comité federal. Acabáramos.
El presidente del Gobierno se atuvo al guion: carta, paréntesis dramático, movilización social y retorno fortalecido, dispuesto para la batalla. Una operación minuciosamente calculada para cercenar la instrucción judicial, movilizar a la izquierda ante las elecciones catalanas y europeas y hacer acopio de fuerzas para quebrar la muñeca a los sectores que obstaculizan sus planes para la legislatura: jueces y periodistas. La forma para lograr los objetivos es extremar la polarización. Tensionar el ambiente, apelar a la emocionalidad y relegar la racionalidad, así se podrá vender, bajo la etiqueta de la «regeneración», lo que no es otra cosa que un debilitamiento de la independencia judicial y un recorte de la libertad en los medios de comunicación. Socios tiene Pedro Sánchez para tan arriesgado viaje, pero no será fácil convertir este país en la Argentina de Perón.