Cincuenta representantes de ayuntamientos asturianos (el resto no pudo acudir por compromisos ineludibles), acompañados por el presidente del Principado y la consejera de Salud, estamparon su firma adhiriéndose al pacto por la salud mental. Hace quince días ya se habían sumado los ayuntamientos al citado pacto, aunque lo hicieron por delegación, junto con un amplio grupo de representantes institucionales y de organizaciones de variado espectro. Entonces se apiñaron más de ochenta personas para la foto del pacto. En esta ocasión son algunas menos, pero no cabe duda de la importancia que le conceden a la foto para que la sociedad se conciencie de que ya tenemos un pacto por la salud mental.
El presidente del Principado destacó la importancia de incluir en el consenso a los ayuntamientos para «situar el bienestar emocional en el centro de las políticas públicas». Adrián Barbón añadió, «antes tener problemas de salud mental era algo de lo que avergonzarse». La valoración social del enfermo mental fue siempre un asunto problemático. El paciente, a diferencia de lo que ocurre con cualquier otra enfermedad, está estigmatizado. Mucho más hace cincuenta años que ahora, porque la democracia también vale para eso, no por sus leyes, sino por la atmósfera de libertad que se respira, convirtiendo a las personas en seres tolerantes. Aun hoy no es igual decir en voz alta ante un grupo de compañeros de trabajo, «mañana voy a ver al psiquiatra», que «mañana voy a la consulta del traumatólogo». Las valoraciones sociales mudan poco a poco.
En este asunto de la salud mental el Principado tomó decisiones acertadas, al detectar que aumentaban los síndromes, y las llevó a la práctica, con la contratación de 115 profesionales (23 psiquiatras, 24 psicólogos clínicos) y la puesta en marcha de la especialidad de Psiquiatría Infantil y de la Adolescencia. Esto es lo principal, el resto es secundario.
El pacto, donde la inmensa mayoría de los firmantes están ajenos a la materia, lleva incorporado un decálogo en él que se habla de cosas que ya están reconocidas (plenos derechos de las personas con discapacidad psicosocial), otras son butades (importancia de la información), abunda el buenismo (todos somos parte del problema y de la solución), e incorpora consignas del mundo de la educación (la diversidad no es una patología). Un decálogo perfeccionable. Todo lo anterior queda compensado con cuatro palabras del texto: «vivir duele, trabajar cansa». ¡Qué afirmación más sincera!