El arzobispo de Oviedo, Sanz Montes, logró en pocas y crípticas frases («la reciprocidad negada de los moritos») abrir el debate asturiano de la canícula. Un texto de cuarenta palabras es tan corto que necesita de un contexto. En este caso, el marco de la reflexión de Sanz Montes está en los disturbios racistas de Torre Pacheco (Murcia), del pasado mes de julio, el reciente crecimiento en las encuestas del voto a Vox, la prohibición del Ayuntamiento de Jumilla (Murcia) a la comunidad musulmana de celebrar el fin del Ramadán y la fiesta del Cordero en instalaciones deportivas municipales y la respuesta de la diputada y concejala gijonesa, Sara Álvarez Rouco, que calificó de «lamentable regalo veraniego» la llegada de los diez primeros adolescentes inmigrantes a Gijón.
Como no estaba suficientemente tensionada la política española, hace falta hacer sangre con un tema muy delicado, que carece de respuestas satisfactorias. Seamos sinceros, la Unión Europea no tiene capacidad para acoger a cien millones de inmigrantes en unos años (y los que vendrían detrás), pero tampoco es posible quedar cruzados de brazos, porque ninguna sociedad democrática puede mantenerse estable cuando mueren ahogados 5.000 inmigrantes ante sus costas. Una parte importante de la crisis política europea procede del conflicto de la inmigración.
La visión del arzobispo sobre los inmigrantes dista mucho de la actitud del papa Bergoglio ante Lampedusa (destino de su primer viaje papal) o del actual papa, Robert Prevost, trabajando por la inclusión de los refugiados venezolanos en Perú. Ahora bien, Sanz Montes tiene derecho a emitir su opinión sobre este tema y cualquier otro, aunque ello lleve a decir a Ovidio Zapico (IU) que «se sitúa al borde de la herejía ante su propia Iglesia». Nadie sabe tanto de herejes como la izquierda nacida de la Tercera Internacional (Moscú, 1919).
Voy con el tuit del arzobispo. Se refiere a los «moritos» que «asesinan en nuestras iglesias dentro de sus territorios». Sí, crímenes horrendos, pero nunca nos pusimos a su nivel; ni lo hacían los misioneros y las monjas de las pasadas centurias ni lo podemos hacer nosotros. No nos podemos comparar con regímenes dictatoriales, cuando no teocráticos y, por tanto, implacables con hipotéticos fieles de otras religiones. Entre el buenismo y la hostilidad hay que levantar una política integradora (la Europa envejecida los necesita) que sea inflexible con delincuentes de fuera y de dentro. No hay otra alternativa.