El próximo jueves se cumplirán cuarenta años del referéndum sobre la permanencia de España en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). La consulta fue distinta a todas las habidas desde la guerra civil hasta el presente. Franco convocó dos refrendos que no cumplían las condiciones exigibles a una consulta democrática. Junto a la falta de libertades, había un hecho decisorio: el escrutinio estaba amañado y los síes superaron de largo el 90%. Posteriormente, en 1976, hubo un referéndum sobre la Reforma Política de Adolfo Suárez, donde la izquierda pidió la abstención, facilitando el triunfo al Gobierno. En 1978, la consulta para aprobar la Constitución fue plenamente democrática, pero carecía de alternativa. Rechazar la Constitución era lo mismo que apostar por el vacío legal.
En el referéndum sobre la OTAN sí había dos alternativas viables. A favor de la permanencia estaba el gobierno de Felipe González, que gozaba de la mayoría absoluta más holgada que hayamos visto en los cincuenta años de democracia (202 diputados), los partidos de centro, como el CDS, y el nacionalismo moderado del PNV. CiU jugó con dos barajas, la cúpula dando a entender que votaría «sí» y las bases hacían campaña a favor del «no». Lo más inexplicable fue la posición de Coalición Democrática (Alianza Popular y afines) que optaron por la abstención, como forma de castigo al Gobierno, pese a que eran entusiastas atlantistas.
El «no» lo defendía el Partido Comunista, junto con los pequeños grupos izquierdistas y sindicatos como CC OO. Más que organizaciones, tras el «no» había una corriente social, agrupada en torno a la Plataforma Cívica para la Salida de España de la OTAN, liderada por el escritor, Antonio Gala. Como los colectivos también tienen subconsciente, el movimiento social era una forma de rechazo al modelo de transición que había triunfado, tras renunciar a la ruptura demandada a la muerte de Franco.
La pregunta del referéndum da para veinte columnas por su atrevimiento y escasa neutralidad. OTAN no aparecía en la papeleta, aunque era el sujeto de la discordia. En el texto se aseguraba que España no entraría en la estructura militar de OTAN, no habría armas nucleares en el territorio y la presencia militar de EE.UU. se reduciría. Y la pregunta: ¿considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica? Ganó el «sí» y hoy resulta evidente que España no podía permitirse el lujo de decir «no». No somos Suiza. La OTAN es un paraguas, sobre todo en el siglo XXI.