El Principado va a reordenar el transporte público por carretera. La principal novedad es el reconocimiento de hospitales y centros de salud como destino preferente en los desplazamientos de la población. Un ejemplo: el HUCA lo visitan 33.000 personas al día. En la Consejería de Movilidad estiman que los viajes a los hospitales no deberían realizarse a partir de conexiones indirectas. Como objetivo es interesante, pero como norma u obligación resulta muy complicado, por no decir imposible, que las personas que vayan a los hospitales tengan un autobús que los lleve hasta allí sin dar rodeos.
En la Consejería de Movilidad se sienten con medios y fuerza para garantizar que desde cualquier punto de la región se podrá tener acceso directo a la red sanitaria. Me recuerda a la ministra Magdalena Álvarez, ministra de Infraestructuras con Zapatero, cuando anunció que desde cualquier pueblo de España se podría acceder en media hora a una línea de AVE. En Vegadeo, Cangas del Narcea o Llanes siguen esperando.
Me parece acertado y encomiable el objetivo de reforzar las conexiones por autobús con la red sanitaria, pero sin marcarse metas demasiado ambiciosas que abren la puerta al desengaño. En el Principado consideran que la despoblación del campo, el envejecimiento, la concentración de servicios y los cambios en los hábitos de movilidad han ido desajustando el sistema que ahora se quiere reformar. El nuevo mapa de concesiones de transporte pretende que sea un servicio público con vocación de cohesión territorial.
Dos cuestiones. La despoblación rural, el envejecimiento acelerado y la concentración de servicios simplifican la función del transporte, otra cosa es que desde una perspectiva más amplia no todos sus efectos sean positivos. En cuanto a la búsqueda de la cohesión territorial a través del transporte está muy bien, pero un gobernante tiene que tener en cuenta la relación coste-beneficio antes de llevarla a la práctica. La remodelación del transporte público puede verse como una parte de la reordenación del territorio, y esa tarea con el actual Gobierno de Barbón tiene una fuerte impronta rural. Es evidente que las personas que habitan en el campo son más dependientes del transporte que la que viven en la ciudad. Ahora bien, el fundamentalismo ruralista, como todos los fundamentalismos, conduce al error. A la hora de trazar rutas en el campo la importancia de las capitales comarcales es insoslayable. Igualar la comunicación de villas y aldeas es un disparate.