Rosario Sánchez, secretaria de Estado de Turismo, visitó la Feria de Muestras. Entre estand y estand colocó el mensaje que traía preparado para los asturianos, al apoyar la tasa turística aprobada por el Principado.
Comenzó con una afirmación inexacta: «Las tasas turísticas son una realidad que está extendida en todo el mundo y también en otras comunidades autónomas». En Asia y Oceanía la mayoría de los países (China, India, Vietnam, Corea del Sur, Australia) no tienen tasa. Japón es una excepción, pero la cobran a las personas que salen del país. En África casi no existe (en Egipto, Sudáfrica, Kenia etc., no la hay).
La tasa turística sólo es un tributo consolidado en América y Europa. En la Unión Europea existe la tasa en el 17% de las poblaciones de más de 50.000 habitantes. Una minoría muy reducida. En América del Sur no hay tasas municipales o impuestos por noche de hotel, pero sí hay tasas aeroportuarias o tributos a la entrada de extranjeros. En América del Norte hay ese tipo de tributos. En definitiva, las tasas turísticas existen, pero en una minoría de países.
En cuanto a las comunidades autónomas, sólo en Cataluña (2012) y Baleares (2016) está la ecotasa consolidada. Asturias fue la tercera región en aprobarla. En Galicia solo se cobra en La Coruña y Santiago de Compostela. En el País Vasco, el estreno del tributo al turista será en 2027. Podemos decir que, con la excepción de Cataluña y Baleares, en el resto de regiones la ecotasa es más una expectativa que una realidad.
La tasa o ecotasa adquirió protagonismo por vía indirecta. Al finalizar la pandemia y volver a restablecerse las comunicaciones hubo grupos de ciudadanos, plataformas, etc., que convirtieron al turismo en cabeza de turco. En los lugares más turísticos, como Cataluña o Canarias, se hizo más claro el rechazo. También en Málaga, Baleares o Sevilla. Así se recuperó la expresión ‘turismofobia’ que había nacido al calor de la crisis de 2008. La turismofobia es un fenómeno global que en 2017 hizo la primera demostración de fuerza, con movilizaciones en París, Berlín, Barcelona, Nueva York, Palma de Mallorca, Río de Janeiro, etc.
La turismofobia dirige sus ataques contra la saturación turística. Una vez centrado el debate sobre la saturación turística, la tasa o la ecotasa adquieren carta de naturaleza por sí solas.
Antes de perdernos por los vericuetos de las filias y las fobias a las tasas, digamos que hay una verdad insoslayable sobre el turismo. El turismo es petróleo para los territorios que lo tienen. En 1952 había 25 millones de turistas en el mundo, en la actualidad son 1.520 millones. Más de la mitad de los turistas del mundo eligen los países europeos. Francia lidera la actividad con 102 millones de visitantes, seguida de España, con 97 millones. El pasado año el turismo, en conjunto, aportó 218.459 millones a la economía española. Una verdadera fortuna que generó 3,2 millones de empleos.
Poner palos en las ruedas del turismo es una temeridad que solo se pueden permitir los descerebrados. Si el turismo es una riqueza, si el turismo es una fuente de empleo, si el turismo evita la despoblación, reconozcamos que los municipios turísticos, en principio, no necesitan cobrar cantidades supletorias a los turistas que les dejaron el pasado año 135.000 millones. Exigir un plus extra porque mancharon los parques, aumentaron las montañas de residuos u obligaron a reforzar los servicios de salvamento, es no tener en cuenta que todo eso ya está pagado con creces en la factura que liquidaron.
Cualquier municipio de la Asturias profunda, sin apenas actividad turística, cambiaría su precaria economía por los ingresos que recibe uno de esos municipios supuestamente saturados.
La tasa turística que se aprobó en Asturias no responde a compensar costes, ni a financiar inversiones transformadoras, sino a la ideología. A la izquierda le gustan los impuestos. Cuando ve que algo se mueve, empieza a pensar en adosarle un tributo. Para la izquierda la secuencia del progreso pasa por recaudar más cada año, transferir los recursos a la Administración pública, que, posteriormente, los gastará en sus servicios, departamentos y en contrataciones de más personal.
La tasa estaba pensada para enclaves turísticos de máximo nivel. Asturias no la necesita. Sólo servirá para perder competitividad y que los pueblos más solicitados adquieran fama de caros. Fade, Otea, Hostelería de España y los alcaldes de Gijón y Oviedo rechazan la tasa. La izquierda no soltará el juguete.