El debate sobre el estado de la región, un clásico del parlamentarismo asturiano, tiene unas reglas que condicionan el desarrollo de la sesión. Estoy hablando de la distribución de tiempos. El presidente del Principado es el único en intervenir el primer día: lo hizo el pasado martes durante casi cien minutos. El segundo día, dedicado al debate con los portavoces, el presidente habla tantas veces como el resto de intervinientes, con la particularidad de que, a diferencia del resto, puede extenderse por tiempo indefinido. El tercer día, dedicado a defender y votar las propuestas, tiene un desarrollo similar al de cualquier sesión parlamentaria. Unas pautas similares a las que rigen en el Congreso de los Diputados.
De lo anterior se deduce que el presidente acapara más del 70% del tiempo presentando su visión sobre el estado de la región y criticando lo que dicen los portavoces. Quiero decir que el estilo, el tono del debate, lo marca o impone el presidente del Gobierno.
Hay dos asuntos que estuvieron presentes en todos los debates sobre el estado de la región de este mandato. También se habló de ellos en sesiones ordinarias donde se trataron cuestiones fiscales o relacionadas con los presupuestos. El presidente Barbón, como Pedro Sánchez, no está dispuesto a deflactar el IRPF; no le importa que la inflación provoque una subida encubierta de impuestos reduciendo el poder adquisitivo de los asturianos. Se empobrecen. A la Hacienda del Principado le ocurre lo contrario: se enriquece. Recauda ahora el 50% más en cada ejercicio que cuando llegó Barbón al poder.
Como esta forma de operar es invendible, el presidente del Principado ideó un argumento fantástico: no deflacta el IRPF porque los diputados ganarían más dinero y ya ganan bastante. En el debate acusó a Queipo: «Se quería rebajar el IRPF que paga». Así que lo que tributen 45 asturianos condiciona los impuestos que soportan el millón restante de ciudadanos. Una tomadura de pelo.
El otro asunto demagógico, presente en los debates, es el rechazo a los presupuestos. Para Barbón, si la oposición no los aprueba, como hace el PSOE en las regiones del PP, está rechazando cualquier contenido del mismo. En el debate tuvo la ocasión de afearle a Carolina López la falta de apoyo al Colegio de Educación Especial de Montecerrao (Oviedo). ¿En qué se basaba el presidente? Sencillo: López había rechazado los presupuestos del Principado. Los dos trucos o anomalías están presentes en los debates sin que la oposición les dé importancia.
Hay otras cuestiones de estilo, de formas, que, si no se respetan, las intervenciones resultan, cuando menos, extravagantes. En pleno cara a cara con Queipo, el presidente tuvo la ocurrencia de decir que «menos mal que alguien les hace reír, sino vaya tostón de debate». En otro momento, contestando a Carolina López (Vox), sacó a relucir los tuits de Javier Jové (Vox), para concluir que «lo silencié, era muy aburrido». Al originarse un leve guirigay, Cofiño tomó la palabra para poder orden, pero Barbón elevó el tono, como si le tocara ser juez y parte.
Inmersos en la informalidad, Barbón recordó las elecciones alemanas de 1933, con las que llegaron los nazis al poder, y recreando la historia dijo «votamos en contra». Mira tú por donde Barbón pergeñaba los discursos de Otto Wels en el Reichstag y votaba contra el nacionalsocialismo hace casi cien años.
Luego leyó unos párrafos de un discurso de Adolfo Suárez y en algún momento de la sesión echó mano del archiconocido discurso de Azaña (Paz, piedad y perdón). Nos enseñó la fecha, 18 de julio de 1938. Le faltó decir que faltaba una semana para que empezara la batalla del Ebro.
Como en una sesión parlamentaria no todo es sublime, entró el debate en la cuadra: «Usted no pisó mucha cuadra». No recuerdo si se lo dijo Barbón a Carolina López o ella a él. El caso es que Barbón, llegado el turno de testificales, dijo: «Pregunta en Laviana de quién ye el prau de Arcadio». En otro momento, estaba Adrián Barbón en la tribuna y debió de producirse algún cuchicheo. El presidente del Gobierno regional interrumpió su intervención para decir, «está esto un poco revuelto y usted para ser una profesora, un poco más. Salga a tomar un café». Silencio.
La sesión quedó bastantes veces interrumpida por los anuncios de Adrián Barbón. Al carecer de límite de tiempo para hablar, cuando le parecía bien se olvidaba del debate y vendía promesas electorales. Si consideraba importante el regalo social, volvía más tarde a repetir el reclamo. Algo más que anécdotas.