Las declaraciones de Adrián Barbón, tras la reunión de la comisión ejecutiva de la Federación Socialista Asturiana (FSA), sobre «asturianizar aún más» al partido han provocado un revuelo en el interior de la organización. Los dirigentes más cercanos al aparato apoyan la propuesta de Barbón, mientras otros recelan de ella y se muestran contarios a avanzar hacia la oficialidad de las lenguas vernáculas: «Priorizar la gestión, en vez de envolverse en banderas». Consideran que hay que «centrarse en resolver los problemas de la gente».
Barbón hizo su propuesta con un fin concreto: frenar el avance de la derecha (PP, Vox). Estima que el regionalismo, la apuesta por el sistema trilingüe (castellano, bable, eonaviego), el refuerzo del discurso identitario, puede ser una baza para mejorar la imagen del partido y captar votos, en un momento en que Foro ya ha abandonado veleidades nacionalistas y está más ocupado en sintonizar sus mensajes con los del PP. El secretario general de la FSA puso como ejemplo el avance de la Chunta Aragonesista, en las elecciones del pasado domingo, al duplicar el número de escaños.
Hay que partir de un supuesto: el PSOE no puede quedarse inmóvil en Asturias. Las posibilidades de pasar a la oposición son reales, basta ver el trato que da el electorado a los socialistas en las comunidades autónomas de la España vaciada, como Extremadura o Aragón. En territorios donde siempre gobernó un partido, perder el poder es un drama colectivo.
La propuesta de Barbón es muy arriesgada porque la región es un territorio abierto a todo el mundo, que en el pasado tuvo el discurso de clase, propio de una región industrial, como dique ante el bucle melancólico de la Galicia emigrada, de los baserritarras del caserío vasco y los arrantzales de la pesca de bajura, de los payeses de la masía. En Asturias no hubo nunca la fractura social del País Vasco entre la población urbana, con su cuota de inmigrantes, y un campo idealizado de troncos y hachas, que llegado el momento mostró el rencor que anidaba por debajo de su dialecto.
Por desgracia, las recetas de resolver los problemas de la gente o defender sus derechos están muy bien, pero ya es tarde tras un mandato en la zona confort, enredados en el laberinto de la burocracia. Ya no hay tiempo para los argumentos racionales, sólo queda la estrategia de las emociones. Sánchez sobrevive de inyectar el miedo a Vox. Sin necesidad de renunciar a esa arma, siempre cabe acompañarla de la nostalgia que provoca el floréu de la gaita.