Para decenas de millones de españoles y cientos de millones de personas en el mundo hoy es el día más importante del año. Ningún otro ha levantado tanta expectativa. Multitud de ciudadanos viaja a distintos lugares de nuestra geografía para ver cómo la estrella rey del sistema solar queda oculta por el atrevimiento de un satélite femenino. El acontecimiento es tan singular que se pagan fortunas por observarlo desde la primera fila del gran teatro astronómico.
Un eclipse total o parcial, por sí sólo, no tiene fuerza suficiente para romper la rutina de agosto. Un eclipse en un periodo dionisíaco, como en el que está inmerso el planeta Tierra desde hace décadas, sí puede arramblar con todo, con su gusto por el caos, el arrebato, la fiesta colectiva, el odio a la racionalidad. En este tiempo nos gobiernan las emociones. Las lágrimas son más importantes que nunca porque equivalen a un certificado de autenticidad. Hoy, millones de personas vivirán una experiencia religiosa sin saberlo. Están convocados para mirar y admirar el crepúsculo del sol. En las religiones la dimensión estética es el último estadio del más allá (la hermosura divina).
Cuando usted está leyendo este periódico una multitud de personas ilusionadas tiene en sus manos el instrumento que les llevará a la felicidad: unas gafas negras de cartón (polímero negro). Tienen una característica sorprendente: puestas sobre la nariz todas las caras son iguales. No nos perdamos en frivolidades porque estamos hablando de una experiencia religiosa. Al Sol lo adoraron los incas, mayas, aztecas, babilonios, egipcios, griegos, romanos, etc., hasta que la extensión del cristianismo acabó con el politeísmo. Pues bien, en pleno siglo XXI, vuelve a mostrar su poder de atracción.
La ceremonia a la que están todos convocados se rige por normas severas. Transgredirlas conlleva un terrible castigo: la ceguera. Sólo se puede mirar al dios Sol con los ojos cubiertos de negro. No hay una segunda oportunidad. La Biblia nos cuenta cómo la mujer de Lot al huir de Sodoma no obedeció la norma divina de no mirar hacia atrás. Ella volvió la cabeza y quedó convertida en estatua de sal. Hay que seguir el camino de perfección.
Barbón, anteayer, se dirigió a su grey. Con las gafas de cartón caladas, dijo: «Pido precaución, haced caso a los consejos y que todos disfrutemos mucho». ¿Qué es disfrutar mucho en un teatro solar? ¿No nos está Barbón anticipando la felicidad celestial? La locura de hoy tiene poco de terrenal y mucho de irracional.