La inauguración del último tramo -La Franca-Unquera- de la autovía del Cantábrico (A-8) ha contado con la presencia del presidente del Gobierno, algo que no había sucedido en todos los anteriores. Ejemplo: el tramo Llanes-Llovio lo inauguró Arias Salgado con una llamada por teléfono. Odio la moda de calificar como “acontecimiento histórico” cualquier banalidad, pero no cabe duda de que la A-8 no es una infraestructura más de las que se abordaron en las últimas décadas, porque ningún equipamiento suscitó tanto debate en la sociedad y la clase política. Al fracasar la tarea de reindustrializar la región se pensó que era imposible atraer inversiones empresariales con carreteras llenas de curvas, convirtiéndose la A-8 en la ansiada llave del progreso. Con ella y la variante de Pajares estaríamos en pie de igualdad para competir con los alemanes, así se pensaba en la década de los noventa del pasado siglo. Gobiernos socialistas y populares prometieron cien veces acabar este o aquel tramo para tal o cual fecha y el calendario se encargó de llevarles la contraria. De los muchos incumplimientos quiero destacar la mítica referencia al año 2009, que iba a tener la cualidad de conocer la finalización de la A-8, de la variante de Pajares, de la ampliación de El Musel y de la autovía del interior (Oviedo-Salas). Estamos hoy esperando que algunas de ellas acaben. Debido a ello no puede extrañar a nadie que la inauguración del tramo, La Franca-Unquera, haya suscitado una doble reacción: satisfacción por dejar allanado el último obstáculo que impedía circular por doble carril de este a oeste la región, y recuerdo colectivo de 25 años de desilusiones y engaños.
Los retrasos en la construcción de la autovía del Cantábrico se debieron a varias razones. La ejecución de las obras públicas depende fundamentalmente del ciclo económico, sin que la reserva presupuestaria sea un dato definitivo (¡tantas veces se aprobaron partidas que no se realizaron!). La autovía del Cantábrico fue víctima de vergonzosas guerras entre las administraciones central y autonómica que contribuyeron a lentificar las actuaciones. La orografía asturiana añade complicaciones técnicas a la construcción de infraestructuras y encarece las obras. Por último: una región de sólo un millón de habitantes hace que la ratio beneficio electoral-coste económico de las obras públicas sea muy poco estimulante para los gobiernos.