En la Junta General del Principado se vivió una jornada deprimente. Si hubiera sido declarado día inhábil –nada extraño tratándose del Parlamento asturiano-, todos hubiéramos ganado. En el orden del día estaba la reprobación de Pedro Sanjurjo, solicitada por PP y Foro. Un asunto delicado porque la censura del presidente del Parlamento es un hecho inusual que de ser apoyada por la Cámara dejaría a Sanjurjo a los pies de los caballos. Como en cualquier debate se esperaban argumentos radicalmente enfrentados, pero en lo único que no cabía disentir es en las normas que regían la sesión. Matías Rodríguez Feito (PP) y Cristina Coto (Foro) ejercían de portavoces de la proposición no de ley que daba forma a la reprobación. Las pautas aprobadas por todos los grupos en la Junta de Portavoces indican que el tiempo (siete minutos) debían repartírselo los dos proponentes. Coto habló durante más de seis minutos, y cuando la Presidencia de la Cámara le recordó a Rodríguez que debía ceñir su intervención a los 55 segundos restantes, empezó el numerito, con gritos de “vergüenza” y música de percusión. Dada la enorme experiencia parlamentaria de Cristina Coto, me extrañaría muchísimo que todo hubiera sido fruto de un mal entendido. No hay que ser conspiranoico para pensar que la actuación del PP estaba premeditada. Aunque Rodríguez habló, finalmente, seis minutos, todo el debate estuvo marcado por el incidente. Creo sinceramente que hay motivos para recordarle a Sanjurjo alguna actuación escasamente lucida, aunque me parece un exceso pedir la reprobación. Ahora bien, todo es opinable, menos sustituir el discurso por el ruido. De una forma paulatina, la palabra en las cámaras parlamentarias va cediendo el sitio a los gestos. Es más eficaz enfundarse camisetas, portar lámparas mineras, colocarse esparadrapos en la boca, que tener el atrevimiento de tomar la palabra y argumentar. Un camino muy peligroso.
Paula Valero (Podemos) planteó una iniciativa contra el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión, que negocia la UE con EE.UU. Nada que reprochar a la diputada, pero dice mucho de la mentalidad colectiva. En 1990 había un 36% de la población mundial en estado de extrema pobreza y en 2015 se redujo ese porcentaje hasta el 12% por la globalización de la economía. Y aquí pensamos que los mejor es la autarquía, el nacionalismo y los catering a los colegios con productos autóctonos. De llorar.