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Juan Neira

LARGO DE CAFE

ACABAR CON LAS ANOMALÍAS

La controversia sobre la nueva prórroga del estado de alarma tiene un indudable interés general y saca a la luz las contradicciones de la coyuntura política española. Si las relaciones entre los distintos partidos no estuvieran enconadas y el Gobierno se apoyara en una mayoría parlamentaria sólida, la discusión no tendría lugar: el estado de alarma sería prorrogado de forma casi rutinaria. El Gobierno ha dado a conocer un plan de recuperación de la actividad social y económica que, al menos en las primeras fases, exige restringir la movilidad de las personas, siendo necesario que el Congreso de los Diputados apruebe la limitación de los derechos fundamentales tal como viene recogido en la Constitución. Hasta aquí lo que debería ser; a partir de aquí las anomalías.

Las fuerzas aliadas del Gobierno, claves en la investidura de Pedro Sánchez, no han apoyado en ninguna ocasión el estado de alarma. JxCat ha votado siempre en contra y ERC se ha abstenido. Para la votación del miércoles, ERC pasa a engrosar el frente del “no”. El PNV condiciona la aprobación a que el Gobierno deje la gestión de la transición a la normalidad pase a manos de las comunidades autónomas. El estado de alarma se ha mantenido casi dos meses por el el apoyo incondicional de PP y Ciudadanos. Al ser un asunto de Estado, este hecho debería ser suficiente para cambiar el sistema de alianzas, sin embargo en la Cámara Baja los discursos van por un lado y las votaciones por otro: duro intercambio de acusaciones con la oposición de derechas y delicadas consideraciones hacia los independentistas.

A lo anterior hay que sumar el sobredimensionado papel de los gobiernos autonómicos. El estado de alarma es un asunto exclusivo de las instituciones del Estado. Pedro Sánchez quiso abrir la negociación con las autonomías e, incluso, con los ayuntamientos para estar respaldado ante un Parlamento, presumiblemente, hostil. Con el paso del tiempo, una buena parte de los gobiernos regionales se han constituido en segunda oposición. La anomalía aumenta cuando el presidente ofrece cogobernar la famosa “desescalada” a los gobiernos autonómicos y no negocia ninguna disposición del estado de alarma con los partidos que le permiten tener poderes extraordinarios. Costó mucho que el Congreso de los Diputados no quedara confinado porque los fontaneros de la Moncloa descubrieron que con la gente en sus casas se podía gobernar desde la televisión. Hay que rectificar y, luego, aprobar la prórroga.

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por JUAN NEIRA

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