La celebración oficial del Día de Asturias en Corvera será, como en anteriores ocasiones, una jornada con actividades lúdicas, artísticas, deportivas, entre las que destacan, en esta ocasión, once conciertos. La cita en Covadonga fue siempre el momento más destacado del programa del Día de Asturias. En la Preautonomía, el presidente Rafael Fernández asistía a la misa en la Cueva de la Santina, oficiada por Díaz Merchán, con un recogimiento propio de un ferviente católico, lo que le valió bromas y sarcasmos. Cuando retornó a España don Rafael tenía las ideas muy claras; toda su actividad política estuvo orientada al objetivo de evitar el enfrentamiento político y social. Estaban muy vivos en su memoria los recuerdos de los años treinta y no quería que se repitieran los errores del pasado.
En los últimos años surgió la propuesta de trasladar la fiesta al 25 de mayo, con la idea de hacer de la declaración de guerra a Napoleón, llevada a cabo por la Junta Suprema en la sala capitular de la Catedral de Oviedo el 25 de mayo de 1808, el ancla de la festividad regional. Un hecho transcendente, del que hay que estar muy orgullosos, porque además de enfrentarse a los franceses, estaba el levantamiento contra los poderes de una sociedad estamental, colaboracionista con el invasor, pero el conocimiento popular y la tradición pesan tanto a favor de Covadonga que sería un desatino cambiar de fecha.
Contrasta la forma de conmemorar el Día de Asturias con las celebraciones que se hacen en otros territorios. Desde la creación de las comunidades autónomas hay regiones donde la fiesta oficial del lugar tiene un sentido reivindicativo. Quizás el ejemplo más claro sea el catalán. La Diada es un acontecimiento político de primer orden, siendo observada atentamente la manifestación que recorre el centro de Barcelona. El número de participantes en la movilización se convierte en un test sobre la salud del independentismo. En nuestra democracia, los territorios con una mayor personalidad y recorrido histórico han hecho política siempre chocando con el Estado, tanto en días de labor como de fiesta.
El caso asturiano es único. Tenemos un pasado altomedieval brillante y determinante para el proceso que terminó siglos más tarde con la formación del Reino de España. La actual Junta General del Principado hereda el nombre del órgano de representación que hubo en nuestra tierra desde el siglo XV hasta la primera guerra carlista. Cuando se habla de comunidades históricas habría que empezar citando a Asturias.
No voy a decir que debido a nuestro rico patrimonio parietal seamos más antiguos que nadie, como hacen los vascos presumiendo de un imaginario pasado prehistórico, porque llegados a esa datación no se puede hablar de vascos, ni de asturianos ni de españoles.
La singularidad del caso asturiano estriba en que el arrastre histórico y la fuerte identidad no nos llevó a sentirnos incómodos en España. Dicho de otra manera, supimos ser, y sentirnos, asturianos y españoles.
La prueba de esta realidad estuvo en el comportamiento de Asturias y de sus representantes políticos en la España de las Autonomías. Aunque en las últimas legislaturas pudiera parecerlo, en nuestro sistema democrático el antagonismo principal no se da en términos de izquierda versus derecha, sino entre aceptación del Estado o la implosión del modelo territorial para dar paso a un mapa fragmentado, que nadie puede decir con exactitud qué contornos tendría (recuerden la famosa pregunta, ¿cuántas naciones hay en España?). Los partidos y dirigentes asturianos nunca se dejaron seducir por esa alternativa.
Tiene mérito ese comportamiento, porque los distintos gobiernos centrales aceptaron, como estrategia de supervivencia, realizar concesiones incontables a los gobiernos autonómicos que renegaban de España. Desde la transición fue rentable ponerse traje de independentista y empezar a hacer feos a las instituciones del Estado. Asturias no jugó con esa baraja. La capacidad de presión de los asturianos, cuando fue fructífera, estuvo ligada a otras artes, como la actividad sindical.
En el origen de esta cuestión hay un asunto clave que no tengo espacio para desarrollar, relativo a la digestión del pasado. El bucle melancólico de vascos y catalanes en el siglo XIX frente al despertar industrial de Asturias. Gustavo Bueno lo sintetizó en una frase brillante: «Asturias no ha de ser vista como la aldea perdida, cuanto como la tierra encontrada».
La armonía en la relación de Asturias con el resto de España trajo como consecuencia que la convivencia en nuestra región fuera integradora. Es una característica que nunca destacan los líderes políticos. No hay bandos, ni minorías segregadas ni asturianos de primera y de segunda. Somos una tierra de paz, tolerante con cualquier forastero que venga a vivir a ella.
Como estamos en tiempos de política líquida, en que las verdades comparten fecha de caducidad con los yogures, hay que estar alerta para que nadie introduzca dogmas intransigentes que nos dividan artificialmente, como ya ha ocurrido en otras comunidades autónomas.
Nada arruinaría más las expectativas de futuro de Asturias que aprovechar el surco de los ríos para establecer fronteras lingüísticas. Una cosa es que no logremos superar las dificultades y otra que dediquemos nuestras mejores energías a fabricar problemas.