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Luis Arias Argüelles-Meres

Panorama Vetustense

Recuerdos de Oviedo: Por el Centro Cívico

«Una campana tañe en el aire sereno. El cielo está cálido. El sonido del tiempo colma la vida. Es el final de una tarde». (Michel Houellebecq).

Recuerdo aquel paraje cuando era todo él un prau, alrededor de lo que entonces se llamaba Instituto Femenino, hoy IES Aramo. Recuerdo la época de las obras de lo que hoy es el edificio de las consejerías. Todo ello, una especie de descampado sobre el que construyó tanto y tanto. De aquella época nunca olvidaré una mañana de septiembre en la que, dentro de un grupo de jubilados que seguían el curso de las obras, el que llevaba la voz cantante hablaba de una anécdota de sus tiempos de estudiante universitario, anécdota en la que un profesor, al que aplaudían todos los alumnos tan pronto entraba en el aula, montó en cólera y echó una reprimenda severa que, por lo que pude concluir, no fue tomada demasiado en serio.

En la década de los noventa y ya estaba en pie el edificio de las consejerías, así como el Centro Cívico. Eran las tardes en las que íbamos a buscar a mi hijo al colegio, y, en muchas ocasiones, antes de regresar a casa, dábamos una vuelta y merendábamos en alguna cafetería de los alrededores.

Cuando se abrió el Centro Cívico, solíamos ir a una de las cafeterías que allí estaban instaladas, en la planta que estaba emplazada a pie de calle. Mi hijo me recordó en más de una ocasión que nunca olvidará las tostadas que allí tomó por vez primera en un establecimiento público. Y tampoco olvida que en el mismo Centro Cívico se instaló una tienda del Real Oviedo.

Aquello era todo un mundo con un montón de proyectos en marcha, un reparto de espacios que daba mucho de sí sociológicamente hablando. Lejos estábamos de barruntar entonces que la mayoría de los negocios acabarían cerrando y que fueron muy pocos los que se asentaron desde el primer momento.

Lo cierto es que había bastante movimiento de gente, familias con sus hijos pequeños, cafeterías con sus tertulias, tiendas de alimentación, restaurantes con un plato del día que tenía bastante éxito, así como gentes que iban y venían sin detenerse más allá de la observación, sin olvidarse, si la memoria no me falla, de una oficina bancaria.

Por el Centro Cívico. Una zona de Oviedo residencial y cómoda que mira hacia el Aramo, que estaba muy cerca del antiguo Carlos Tartiere, que se encontraba a un paso de la avenida de Galicia, que estaba muy próxima a la plaza de España.

Todo parecía indicar que, con el movimiento de los centros escolares y universitarios, los negocios allí podrían asentarse sin grandes dificultades. Pero no fue así. A veces, las ciudades rechazan que, en determinadas zonas, se piense más en los negocios que en otras alternativas. A veces, la inmensa mayoría de los consumidores no están por la labor de cambiar sus rutinas.

Pero vuelvo a aquellas tardes de la década de los noventa, a aquellas tardes crecientes de la primavera cuando sabíamos que, cuando abandonásemos en Centro Cívico, la luz del día nos iba a acompañar hasta casa.

Conversábamos sobre el Oviedo y sobre la jornada en el colegio. Los camareros ya nos conocían, pues llegamos a ser clientes habituales. Y, en cuanto a las gentes que por allí deambulaban, puedo decir que, por un lado, había quienes cumplían allí con su rutina de cada tarde, pero había también un flujo de personas, creo que más numeroso, que, en todos los sentidos, se encontraban de paso.

Algunas tardes de lluvia aquello se llenaba aún más. Sin embargo, no recuerdo grandes barullos, que hiciesen aquello agobiante, eso jamás lo llegamos a percibir.

Sobre la mesa de la cafetería, la tostada y el refresco, también, los cafés. En la silla de al lado, la mochila y las ropas de abrigo. Y una tarde la engalanamos con una bufanda del Oviedo, de aquel Oviedo que parecía consolidarse en Primera División, que contaba con jugadores de calidad y que creaba mucha afición en los niños.

Alrededor de la barra, los camareros tenían un contertulio fijo, que siempre se acomodaba en la esquina y que acompañaba sus peroratas de gestos y aspavientos continuamente, gestos y aspavientos a los que volvía cuando los camareros no tenían que servir las consumiciones. Recuerdo la cazadora de aquel hombre colgada sobre la silla de la barra que rozaba el suelo, siempre la misma cazadora, siempre los mismos gestos, a veces, cercanos a la indignación que le suscitaba el tema sobre el que departía.

Por el Centro Cívico. A finales de aquella última década del pasado siglo, ya empezó a hablarse de la poca duración de los negocios en aquel lugar, pero, aun así, no se contaba con que la decadencia llegase a tanto.

En más de una ocasión, me pregunté que habría sido de aquel hombre que se confesaba cada tarde con los camareros, dónde habría ido a parar para ser escuchado. Nunca más volvimos a verlo.

Sin embargo, a alguno de aquellos camareros, me los encontré, andando el tiempo, en otras cafeterías de Oviedo.

Centro Cívico, una denominación ambiciosa para un proyecto comercial y de negocios que nunca llegó a asentarse. Se habla en los últimos días de ubicar en su interior salas de cine. Sería fantástico que eso se llevase a cabo y que la respuesta ciudadana permitiese su continuidad en el tiempo.

La tarde en la que estrenamos el Centro Cívico llovía con fuerza. Por la escalera automática, los paraguas cerrados hacían de bastones que soltaban gotas de agua sobre aquella superficie metálica que brillaba más de lo habitual.

Los cafés, el refresco y la tostada. Aquello fue el principio de una grata costumbre vespertina.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/

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