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Luis Arias Argüelles-Meres

Panorama Vetustense

Recuerdos de Oviedo: Hojarasca en octubre

«Mi abuelo siempre decía que el otoño es la estación idónea para arrancar de raíz cualquier cosa que no quieras que vuelva a molestarte. En los meses de primavera todo está demasiado lleno de vida. En verano está demasiado fuerte y no hay manera de soltarlo. Pero el otoño es el momento idóneo, porque en otoño todo está cansado, y más dispuesto a morir». (Patrick Rothfuss. ‘El nombre del viento’).  

Octubre, años setenta. Era jueves. Sopló de la mañana a la noche el viento de las castañas. Fuimos al cine Aramo a la sesión de las cinco de la tarde. La película que proyectaban, aún más melancólica que el día, fue ‘Anónimo Veneciano’. ¡Cuánta tristeza, cuánta melancolía en aquella historia en la que una Venecia nada turística tenía un enorme protagonismo! ¡Qué historia de amor más desgarradora en una ceremonia de dolorosos adioses! ¡Cuánto dramatismo en aquel encuentro en la estación ferroviaria a primera hora de la mañana! ¡Cuánto escalofrío en un final que anunciaba la muerte de uno de los protagonistas, justo en el momento en el que el amor rebrotaba, un amor que parecía apagado, pero que acababa de tener sus últimas llamaradas! Mortecina Venecia. Agonizante despedida entre sus protagonistas, agonizante al unamuniano modo, esto es, luchando.

Atravesamos el Campo de San Francisco antes y después de la película, que estaba totalmente cubierto por la hojarasca, una hojarasca húmeda que anunciaba la lluvia que no se haría esperar. Seguían nevando las hojas que iban a caer sobre otras que habían llegado antes al suelo. Hojarasca no solo esparcida, sino también amontonada en muchos de los rincones del Campo de San Francisco.

Era octubre, pero la luz del día parecía anticipar noviembre. No dejé de pensar en el paisaje ocre que se estaría asentando por Lanio y alrededores. No dejé de pensar tampoco en la cantidad de manzanas que habrían caído de los árboles.

Las nubes se deslizaban con rapidez. Las ramas de muchos de los árboles del Campo de san Francisco se movían con fuerza a resultas de las embestidas del viento. No solo se deshojaban, sino que además estaban, en muchos casos, en peligro de desgajarse. Lo suyo también era una agonía unamuniana: se diría que luchaban por mantenerse en su sitio.

Por otra parte, no teníamos mucha información acerca de la película que íbamos a ver. Sabíamos, eso sí, que era una historia de amor, de la que esperábamos que no fuese tan cursi como otras tan exitosas de la década, exitosas también sus canciones. Pero, al menos, no era una españolada.

Al salir del cine, la carga melancólica era muy fuerte. Apenas quedaba luz del día. El viento sur seguía soplando con ímpetu. El desenlace de la película resultó desgarrador. Me fijé –nos fijamos– en la gente que, con nosotros, abandonaba el cine Aramo. Cigarrillos recién encendidos, conversaciones en voz baja, gestos de resignación. No sé si entre todo el público se vio alguna sonrisa, creo que no. De todas formas, nadie se rio, nadie cambió de tema tan pronto alcanzó la calle Uría.

‘Anónimo Veneciano’ había hecho mella no solo en nosotros. Hubo un momento en que seguía viendo no solo el ceño fruncido del protagonista, no solo la mirada de sorpresa de su excompañera cuando supo de verdad el motivo de la cita, sino también la estación ferroviaria, el tendido eléctrico que parecía moverse mientras el tren avanzaba.

En fin, cruzamos el semáforo y volvimos a atravesar el Campo de San Francisco. ¿Cómo olvidar el momento en el que tuve que quitarme la trenca como consecuencia de aquel viento que llegó a ser sofocante y caluroso? No era una prenda para llevar en la mano, no resultaba nada cómodo aquello.

En aquellos años setenta, la iluminación del Campo de San Francisco era, en el mejor de los casos, insuficiente. La hojarasca se hacía oír a nuestro paso. La luna pretendía colarse entre las nubes para dejarse ver, al tiempo que mandaba destellos entre los árboles para iluminar aquel paisaje tan otoñal.

En plena travesía por el Campo de San Francisco, se soltó a llover, primero gruesos y calientes goterones, eso sí, muy silenciosos, casi de inmediato, aguaceros que caían sobre una hojarasca que en algunos rincones comenzó a naufragar. Volví a ponerme la trenca para que la capucha me cubriese la cabeza.

Por fin, nos pusimos a techo. Fumamos. Mientras cambiábamos impresiones sobre la película que acabábamos de ver, levantábamos y bajábamos la vista con un ritmo muy acelerado. No sabíamos muy bien si nos despertaba mayor interés contemplar los fuertes aguaceros que estaban cayendo, o si nos atraía más ver la hojarasca mojada y empujada alrededor de los árboles del Campo de San Francisco más próximos a la calle Santa Susana.

Por delante de nosotros, pasó una pareja de novios cogidos del brazo y cobijados por un enorme paraguas. El ceño fruncido del hombre, mientras se desanudaba la corbata y se desabrochaba el botón de la camisa más cercano al cuello me recordó al protagonista de la película.

Apenas habían avanzado unos pocos pasos, una fuerte racha de viento provocó que el paraguas se desestabilizase de tal modo que se volvió inservible para la misión que anuncia su nombre.

Aquélla fue la imagen viva de un desamparo que nos remitió de nuevo a la película que habíamos visto.

Durante toda la noche no dejó de llover y las ventoleras fueron continuas.

Calle mojada, hojarasca náufraga, zozobrante desamparo. Múltiples agonías. Era otoño en Oviedo. Seronda con señardá. Eran los años setenta, angustia existencial, puro existencialismo. Eran los años setenta, los pantalones acampanados, la trenca y –¿quién lo diría?–, el pelo permisivamente largo.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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