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Luis Arias Argüelles-Meres

Panorama Vetustense

RECUERDOS DE OVIEDO: UN DÍA DE DIFUNTOS

«Estamos al otro lado/ de los sueños que soñamos,/ a ese lado que se llama/ la vida que se cumplió.» (Pedro Salinas).

«Nuestra alma está cruzada por sedimentos de siglos, son más grandes las raíces que las ramas que ven la luz». (María Zambrano).

 

Un día de difuntos que no era sábado ni domingo. Un festivo en medio de la semana. Una jornada soleada y suave, de esas que a veces regala el otoño. Tenía entonces once años, y la señora que trabajaba en nuestra casa me llevó a comer con su familia, concretamente, con una hermana suya, que vivía en una casa entre san Esteban de las Cruces y la Manjoya.

No olvidaré nunca, además de la luminosidad del día, las plantas que había a la entrada de aquella casa que, a pesar de la estación en la que nos encontrábamos, florecían. Por supuesto, no sabría decir de qué plantas se trataba. También recuerdo el postre, una tarta casera deliciosa. Y que, sin tardar mucho, nos encaminamos al cementerio donde aquella familia tenía sus antepasados.

A los once años, no había leído ni a Larra, ni a Bécquer. Y el único ser querido que se me había muerto era mi abuelo paterno tres años antes. Pero, ante todo y sobre todo, nunca había visitado un camposanto un día de Difuntos. No sólo me impresionó el aspecto que presentaba aquel día el cementerio de Oviedo, sino también su tamaño, que parecía inabarcable.

Los mayoría de los panteones, grandes y pequeños, cubiertos de flores y, en general, visitados por gente que, tras la ofrenda, allí se quedaba un tiempo, a veces, rezando, a veces, hablando entre ellos, a veces, guardando un silencio, con su no sé qué de tristeza en los semblantes.

Yendo de camino al panteón de aquella familia, se detuvieron a hablar con una señora, vecina suya, que estaba sentada sobre la tumba de su difunto marido. Apenas recuerdo los detalles que contó la señora acerca de la muerte inesperada de su compañero de toda la vida, pero me llamó mucho la atención que, cuando narraba aquello, extendía su mano sobre aquella superficie, no sé si de mármol, puede que de granito, como quien acaricia a alguien. Confieso que aquel lance me produjo mucha ternura, una ternura que, por fortuna, no llegó a la congoja, porque se diría que estaba mimando a un ser que, para ella, estaba vivo. Lo mimaba y entonces no era para ella un ausente.

A continuación, depositaron las flores en su panteón familiar, y no tardamos mucho en tomar el autobús camino de Oviedo.

Cuando llegamos a casa, ya estaba oscureciendo. Mi madre estaba en el mirador, pasaba allí los últimos minutos de aquel día, fui a darle un beso, a contarle lo bien que había comido, lo bien que me habían tratado. También le referí que el cementerio de Oviedo era enorme y que estaba todo muy guapo lleno de flores.

Después, antes de cenar, estuve leyendo un buen rato. La lectura no fue nada existencial, eran episodios protagonizados por el Capitán Trueno, que, como siempre, me resultaron divertidos.

Puedo decir que cada vez que recuerdo aquel día de difuntos en el que visité por vez primera un cementerio, la sensación que recupero de aquella vivencia no es melancólica, sino todo lo contrario. Un día engalanado, un día de mucho movimiento de gente, eso sí, sin ruido y sin furia, y, sobre todo, una tarde en la que la imagen de aquella señora acariciando la superficie de la sepultura de su marido era ternura en estado puro.

Por entonces, solía fijarme en las frentes arrugadas de las personas mayores. Y lo cierto es que las arrugas no tenía para mí un significado de decadencia, sino de experiencia vital, como las estrías de las maderas viejas y nobles.

Aquella mano huesuda, aquellos dedos que, antes de tocar la superficie de la tumba, dibujaban por allí su sombra, tenían también su no sé qué de artístico, como quien va a tocar al piano una partitura y se prepara para ello.

Y, desde luego, aquellos muertos no estaban abandonados, sino todo lo contrario. Y se quedaban no sólo con las flores que les habían llevado, sino también con los ecos de las palabras de los suyos, bien fuesen rezos, bien fuesen recordatorios.

Cementerio de San Salvador, toda una fiesta floral, aliada aquel día con el sol, para relucir más. Entonces, todo era eterno. No se me pasaba por la mente pensar en el paso del tiempo que acabaría ajando las hermosas flores, en la soledad de días y noches oscuros, en las lluvias y en el barro, en los estragos de aquel paso del tiempo que, a los once años, no era aún fugitivo en mi percepción.

Mimar a los suyos como había hecho aquella señora era todo un desafío a la muerte, era una fiesta de la vida. Acaso los mimos eran mágicos y, de algún modo, resucitaban, volvían a la vida a aquellos que la habían dejado.

En el viaje de vuelta en el autobús, las calles de Oviedo parecían ajenas al día que se celebraba. Aquella jornada el esplendor estuvo en el cementerio.

Delicias a la vista las de las flores, delicia el postre de la comida, deliciosas las castañas de Lanio que fueron el postre de la cena, castañas cocidas que sacaba del tazón de leche.

Antes de dormirme, evoqué la imagen de la señora, imagen amable, nada trágica. No existe lo trágico ni lo dramático a los once años. Las crudezas de la vida llegan mucho más tarde, salvo situaciones inesperadas e indeseadas.

Y también recordé un frutero con hermosas manzanas que había en aquella mesa.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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