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Luis Arias Argüelles-Meres

Panorama Vetustense

RECUERDOS DE OVIEDO: AL FINAL DE FRAY CEFERINO

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«La vida a veces es tan breve/ y tan completa que un minuto/ – cuando me dejo y tú te dejas –/ va más aprisa y dura mucho./(…) La vida a veces es más rica./ Y nos convida a los dos juntos/ a su palacio, entre semana,/ o los domingos a dar tumbos». (Gil de Biedma).

En aquellos años de mi infancia y adolescencia, cuando acompañaba a mi padre en sus visitas a la casa de su hermana, primero en un chalet que estaba en la plaza Primo de Rivera, y, más tarde, en un edificio que se construyó al lado de lo que había sido aquel inmueble, y que se ubicaba al final de la calle fray Ceferino, desconocía por completo lo que Unamuno afirmó en uno de sus libros ensayísticos, concretamente el que lleva por título “Soledad”, acerca del fraile asturiano que era el titular de la vía pública a la que acabo de aludir. Según don Miguel, fray Ceferino González era uno de los hombres que más tonterías había escrito en España en el siglo XIX. Nada sabía, como digo, de aquel personaje que, por lo visto, había sido muy amigo de Palacio Valdés. Sin embargo, acerca de Miguel Primo de Rivera sí que había oído algunas anécdotas en conversaciones familiares.

Que esos dos nombres no sólo perteneciesen al nomenclátor de nuestra ciudad sino que además confluyesen calle a calle, sin duda, no habrían sido del agrado de Unamuno, ya que no sólo abominaba del “pensamiento” del primero, sino que además tuvo una relación muy conflictiva con el segundo, hasta el extremo de que el dictador desterró al gigante de la generación del 98.

Pero vayamos a aquel recorrido en compañía de mi padre y a aquellos años.

En cuanto a lo primero, en la mayoría de las ocasiones, lo hacíamos desde la librería santa Teresa. Mi padre iba por allí cuando ya el negocio ya estaba cerrado al público y esperaba a que mi tío Jesús y mis primos finalizasen su tareas, recogiendo lo que tocaba y haciendo los pedidos correspondientes. Normalmente, salíamos de la librería hacia las ocho y media de la tarde, camino de la casa de mi tía. La tertulia solía durar una hora larga, hasta las diez menos cuarto de la noche, cuando regresábamos a nuestra casa a cenar.

Alrededor de unos vasos de vino, se hablaba de la actualidad y también de las lecturas de cada cual. Mi tío Jesús, hermano de mi padre, también vivía allí y era un lector voraz, que admiraba, entre otros autores, a Baroja. No sólo conocía a fondo su enorme producción novelística, sino que además había devorado también sus libros de memorias y recuerdos. No sólo lo consideraba un excelente escritor, sino que también le parecía un personaje entrañable, un cascarrabias que echaba pestes contra todo el mundo, y que además lo hacía con mucha gracia. En aquellas reuniones familiares solían estar también mi primos José Luis y Alberto, además de la patrona de la casa.

También se comentaban, sin demasiada pasión, las noticias del telediario, así como los partidos de la copa de Europa que se jugaban en días de semana y que se retransmitían en televisión.

A veces, recordaban anécdotas de Corias (Pravia), el pueblo natal de mi familia paterna. Pero las conversaciones más frecuentes eran de literatura.

“Al final de fray Ceferino”. Ésas eran las palabras que siempre le decía mi padre al taxista, cuando íbamos allí desde nuestra casa y no desde la librería. Fíjense: hablamos de unos años en los que el precio de aquel recorrido no llegaba, salvo que hubiese grandes atascos, a veinte pesetas.

En el chalet de mi tía, que estaba en la plaza primo de Rivera, al final de fray Ceferino y enfrente de la vieja estación de los Alsas, recuerdo haber jugado al fútbol en el patio junto a la cochera, también tengo muy presente la imagen de la puerta que daba a la acera, muy alta y metálica, pero, a pesar de ello, algunas veces el balón se colaba por encima. Y las estancias más frecuentadas eran una enorme cocina muy soleada y el comedor que estaba enfrente, también muy amplio, donde tenían lugar las tertulias, sobre todo los domingos.

Desde finales de los sesenta, visitábamos a mi tía en el edificio que se había construido justo al final de fray Ceferino. El chalet permaneció deshabitado unos cuantos años hasta que llegó su demolición, y me resultaba inevitable recordarlo lleno de vida cuando era niño. En el espacio, estaban muy cerca pasado y presente, que confluían ambos en mi infancia.

Al final de fray Ceferino. También recuerdo que, en la plaza Primo de Rivera, había una “tribuna” desde la que el guardia municipal de turno organizaba el tráfico. Con un casco blanco.

Tampoco olvidaré nunca algunos domingos por la mañana de buen tiempo, en los que mi tío Jesús estaba en la terraza del edificio leyendo, y siempre tenía con él no sólo el libro que estaba en sus manos, sino algunos otros que esperaban su turno.

Mi padre y mi tío hablaban de libros. Yo escuchaba y, de vez en cuando, me asomaba a Oviedo desde allí. A Oviedo y al Naranco.

Al final de fray Ceferino. ¡Cuánto daba de sí aquella hora de tertulia día a día! Aquella hora en la que, por la pantalla de la televisión, se colaba una parte de la novela que se emitía cada noche, seguida del telediario.

Y, ante todo y sobre todo, lo esencial eran los libros y las anécdotas. La televisión era la música de fondo, un decorado de imágenes que rara vez alteraban el guion.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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