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Luis Arias Argüelles-Meres

Panorama Vetustense

RECUERDOS DE OVIEDO: LA GRANJA

 

 

“Cerremos la memoria./ Y cuando te despierte/ Y yo vuelva a colocar los ojos/ Allí, donde ellos me enseñaron a mirar,/ Te hablaré en voz muy baja de otro puente/ Por si acaso tú quieres./ Porque queda otro y otro y otro, aún”. (Pedro Salinas) 

 

Cuando entramos por vez primera en la Granja, fue una mañana de septiembre a principios de los ochenta. Íbamos en busca de un periódico atrasado. Era jueves y había salido el lunes. Pero, para sorpresa nuestra, alguien lo estaba leyendo. En aquel momento, todos los diarios de la jornada allí disponibles para la lectura también se encontraban ocupados. Transcurrió un buen rato y el señor que tenía en sus manos el ejemplar que nos interesaba no había terminado. Apenas pasaba las páginas. Lo leía con mucha parsimonia.

Entre toda aquella gente que no soltaba los periódicos, se encontraba Maximino, un señor que había trabajado en un garaje en el que mi padre guardó su coche durante muchos años. El hombre estaba enfrascado en la lectura, pero, aun así, se diría que en su semblante asomaba una indisimulable tristeza. Todo parecía indicar que engrosaba las listas del paro, que ocupaba sus mañanas leyendo allí la prensa. Debo confesar que me afligió verlo así, con el fracaso y el aburrimiento a cuestas.

Optamos entonces por salir y nos sentamos en un banco del Bombé, justo enfrente del lugar donde se leía tan masivamente la prensa. Y, en vista del éxito, dimos por hecho de que el periódico que queríamos consultar tendríamos que intentar localizarlo en otro sitio o en otro momento.

Lo que buscábamos era un artículo que recordaba que estaba a punto de celebrarse el centenario del nacimiento de Ramón Pérez de Ayala y que, sin embargo, en nuestra ciudad no se habían anunciado actos de homenaje sobre su obra, obra que admirábamos por tratarse de una de las cumbres de la prosa del siglo XX.

Así pues, esperamos a que llegase la hora de comer sentados en aquel banco frente al edificio de la Granja.

Un grupo de cinco señores, también entrados en años, iba y venía por el Bombé. Conversaban sin parar. Parecía llevar la voz cantante un caballero que, a pesar del buen tiempo, llevaba gabardina. Tenía mucho pelo y gesticulaba continuamente, no sólo cuando hablaba, sino también cuando escuchaba. De vez en cuando sonreía, una sonrisa condescendiente, irónica y escéptica. A la famosa pregunta de Kant acerca de qué me cabe esperar estaba muy claro que daría una repuesta escéptica y desengañada.

Resultó divertido observar a aquella tertulia peripatética.

En más de una ocasión había oído comentar que la Granja había sido cabaret en plena posguerra. Me resultaba extraño, a decir verdad, que durante los años más duros del franquismo se permitiese que funcionase un establecimiento de ese tipo en pleno centro de Oviedo. Pero, por lo visto, desde muy arriba se ordenó en su momento su cierre.

A la mañana siguiente, temprano, volví a la Granja. La niebla no se había levantado aún, la temperatura era, para el mes en el que estábamos, desapacible.

Tuve mucha más suerte que el día anterior, pues el periódico que buscaba no estaba ocupado por nadie en aquel momento.

El texto en el que reivindicaba que se homenajease a Pérez de Ayala no estaba firmado por ningún columnista habitual, ni tampoco por un literato, ni siquiera por un docente o investigador universitario. Hice mis pesquisas al respecto, y todo parecía indicar que alguien había decidido utilizar un seudónimo para firmar aquel texto, escrito con mucha ironía, pues hablaba de la veneración que la ciudad le profesaba a Pérez de Ayala, cuando, en realidad, sin entrar en otras consideraciones, el autor de “Tigre Juan” era casi un desconocido para el gran público.

Copié el texto de marras, incluyendo la fecha en que había sido publicado.

Vi de nuevo a Maximino, pasé a su lado y me di cuenta de que estaba enfrascado leyendo el horóscopo de un periódico del día. Serían las diez de la mañana y aquello empezaba a llenarse de gente.

Aquella mañana salí de casa con las “Poesías Completas” que, en su momento, publicó la colección Austral de Espasa-Calpe.

Al abandonar el edificio de la Granja, introduje dentro del libro el papel en el que había copiado el artículo, y me senté en un banco a leer el poema ayalino sobre Oviedo que le dedicó a Azorín.

Me pregunté qué opinaría don Ramón que, en su momento, había escrito una novela lupanaria desarrollada en Oviedo, “Tinieblas en las Cumbres”, acerca de la existencia de un cabaret en aquella misma ciudad, pero en plena dictadura franquista.

La peripatética tertulia del día anterior aún no había hecho su aparición en el Bombé. Un señor, que llevaba un jersey verde muy deshilachado, salió de la Granja. Se sentó en el mismo banco en el que yo estaba. Tenía en sus manos una libreta muy pequeña, que abrió. Acto seguido, empezó a escribir.

Poco tiempo después, me dijo que él también se dedicaba a la poesía. Identificó el color del ejemplar de Austral, color que llevaban las portadas de teatro y poesía. A continuación, vio de qué libro se trataba.Y me dijo que Pérez de Ayala era mejor prosista que poeta.

Nunca más volví a ver a aquel hombre, por lo visto, lector voraz y poeta en horas libres. Antes de marcharse, me hizo saber que su poeta preferido era César Vallejo.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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