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Luis Arias Argüelles-Meres

Panorama Vetustense

Recuerdos de Oviedo: Un rincón de la calle santa Teresa

«El talento no impide tener manías, pero las hace más notables.» (Madame de Stäel).

«La nieve del alma tiene/ copos de besos y escenas/ que se hundieron en la sombra/ o en la luz del que las piensa». (Federico García Lorca). 

Sí, hablo de un rincón de la calle Santa Teresa, muy cercano a la plaza de España, al lado de la Jamonería Luis, justo enfrente de la parte posterior del edificio de la calle Santa Susana en el que vivimos desde 1970 hasta 1973, tras dejar la casa de la plaza del Carbayón y antes de mudarnos a Toreno 5.

Y es que, cuando paso por allí, hay ocasiones en las que me detengo a observar la ventana de la salita de aquella casa en la séptima planta donde estaba el televisor. Allí vi partidos inolvidables del Mundial de fútbol de México en 1970. Allí vi también una versión de la ‘Vida de Sócrates’, así como determinadas películas que, con el paso del tiempo, fui olvidando. A decir verdad, salvo excepciones, la televisión la veíamos sobre todo por las noches, cuando no había que madrugar para ir a clase.

Cuando fuimos a vivir a aquella casa, se estaba construyendo el edificio de al lado, en cuyos bajos se encuentra el establecimiento hostelero al que acabo de hacer referencia. Y, a lo lejos, todavía se veían muchos espacios libres de lo que se llamaba ‘el campo maniobras’. Había tardes en las que se jugaba allí al fútbol.

Desde los 13 hasta los 15 años. Una pequeña parte de la vida familiar durante aquel periodo transcurrió en aquella salita. Eran los inicios de una década que iba a ser tan decisiva y tan cambiante, tan marcada por las grandes esperanzas, aun sin haber leído la extraordinaria e imprescindible novela de Dickens que lleva ese mismo título.

Era la adolescencia, era la etapa de la vida en la que, con cierto desgarro, nos damos cuenta de que la protección de la infancia se quedó definitivamente atrás. Era la adolescencia, ese momento en el que el mundo exterior adquiere más importancia que nunca, ese momento de los grandes enamoramientos, ese momento en el que el cine, la lectura, la música y las relaciones personales son continuos descubrimientos, que no tienen fin.

Y, por otra parte, a esa edad dos años son mucho, el paso del tiempo todavía no es trepidante, y la memoria del conjunto de vivencias se despliega ante nosotros como algo que dio mucho de sí, muchos rostros que no olvidamos, muchas conversaciones que nos marcaron, muchas lecturas que nos remiten, más que a los textos en sí, a nuestra forma de acercarnos a ellos, muchas imágenes de películas de las que incorporamos a nosotros mismos determinados detalles tan únicos, tan personales.

Y, como en un juego de muñecas rusas, hay rincones, como el que aquí nos trae, que nos evocan no sólo lo allí vivido, sino, ante todo y sobre todo, lo allí recordado.

Me explico. Una tarde en otoño de 1973. Hacía pocos meses que nos habíamos mudado a Toreno, 5. El arriba firmante pasaba por allí, por ese rincón de la calle Santa Teresa. Era noviembre, la luz del sol se iba retirando, no mandaba calor, pero por el cielo apenas se veían nubes.

Me detuve allí. En el alféizar de la ventana seguían dos macetas en las que mi madre había plantado sendos geranios que había llevado desde Lanio. Rescaté imágenes en las que las regábamos con mimo y cuidado. Me vi tras aquel ventanal, observando a unos chavales que jugaban al fútbol. Y, en realidad, recordé con nitidez que mi atención en el momento que me asomaba allí, estaba lejos en el tiempo y en el espacio, estaba en determinadas vivencias del verano, de un verano que ya se había quedado muy atrás, de un verano que deseaba que se repitiese, que volviese a llegar, y eso me parecía muy lejano.

Se diría que el tiempo se paralizó, que el presente en aquel momento apenas contaba, que todos mis afanes y desvelos estaban en el pasado evocado y en el futuro por el que suspiraba. De verano en verano.

Ocho años después, septiembre de 1981. Alianza Editorial acababa de publicar en dos tomos una magistral novela de Flaubert, ‘La Educación sentimental’.

En la sede de lo que es hoy la Consejería de Educación, estaba la Dirección Provincial del Ministerio del ramo en Madrid. Fui por allí a recoger el certificado pertinente para la matrícula gratuita a la que teníamos derecho los hijos de funcionarios del referido ministerio. Mi experiencia me decía que no siempre se extendía el certificado de marras sobre la marcha, que, a veces, había que esperar bastante tiempo.

Así pues, llevé lectura, concretamente, la novela de Flaubert a la que acabo de hacer mención. El papel de mis entretelas no se hizo esperar en aquella ocasión. Sin embargo, mi interés por devorar aquel libro era enorme. Entonces, fui a la cafetería Luis a tomar un café y a enfrascarme en las peripecias de Frederic.

El título no podía ser más sugestivo para recordar la adolescencia. Lo mismo podría decir del emplazamiento en el que estaba.

Leer subrayando, detener la lectura en cada encuentro con algo que me abriese caminos reviviendo la adolescencia e interpretando lo que entonces sentía.

‘La Educación sentimental’ empieza por uno mismo y arranca en la adolescencia.

Los geranios seguían allí, todavía estaban allí.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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