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Luis Arias Argüelles-Meres

Panorama Vetustense

Recuerdos de Oviedo: La Huelga del 14-D de 1988

«El 14-D fue un aviso al Gobierno, una muestra del desencanto que se había generado en la sociedad al comprobar que el cambio prometido por el PSOE no alteraba básicamente las desigualdades sociales. Es más, los ciudadanos habían comprobado que, con los socialistas en el poder, los banqueros ganaban mucho más dinero y la especulación se había convertido para algunos en un medio fácil de acceder de forma rápida a la riqueza que legitimaba el propio Gobierno». (Carmelo García Abadillo).

Sociológicamente hablando, el día antes de aquella huelga fue muy significativo, y no por miedo a grandes disturbios, sino por hábitos de consumo. En aquellos años proliferaban los videoclubes y en Oviedo, como en el resto del país, sus anaqueles se quedaron vacíos. No habían llegado las televisiones privadas y se sabía que la televisión pública se iba a sumar al parón del país. Todo un día en casa y encima sin poder ver la tele: la alternativa era alquilar cintas de vídeo, eso antes que leer los libros que esperaban su turno.

Las vísperas del 14-D se vivieron, pues, como la espera de un día muy largo que había que llenar desde primera hora de la mañana y las cintas de vídeo tuvieron un protagonismo mayúsculo.

No sé hasta dónde llegaron los servicios mínimos, pero todo estaba cerrado. El paisaje en las calles de Oviedo se parecía al de un domingo de agosto con las calles desiertas hasta que se produjo la manifestación en el paseo de los Álamos, manifestación masiva que mostraba a las claras el rechazo a la política económica del segundo Gobierno presidido por Felipe González.

En 1988, ya se sabía que los 800.000 puestos de trabajo prometidos no pasaron de ser una promesa electoral para ser incumplida, ya se había producido el cambio de criterio del PSOE con respecto a la OTAN y, por otro lado, la política económica de los Gobiernos de Felipe González no era, ni mucho menos, la esperada. Como colofón a todo aquello, la ruptura entre Nicolás Redondo y Felipe González ponía claramente de manifiesto no sólo una fisura familiar difícilmente reconducible, sino también un claro alejamiento del PSOE con respecto a su legado histórico y moral. El despido se abarataba y se proponían contratos temporales para el llamado empleo juvenil. Esto último fue el principal detonante de la huelga.

Se dijo que, al menos, un 73% del conjunto de la ciudadanía que estaba en activo secundó aquella huelga. Todo el mundo reconoció, el Gobierno de González incluido, que los sindicatos ganaron aquel pulso con creces. Fue el momento de mayor prestigio de los líderes sindicales, frente al desencanto que se vivía con respecto a los políticos.

Estábamos ya en lo que alguien llamó la transición económica, estábamos en aquel momento histórico en el que se produjo lo que Nicolás Redondo llamó «el abrazo aristocrático» por parte del Gobierno socialista.

Pero vayamos a aquel día en Oviedo. Me sumé a la huelga y no era del caso madrugar. A última hora de la mañana, salimos a la calle, apenas había gente caminando por el centro de Oviedo. Por su parte, el tráfico era muy escaso. Resultaba llamativo ver a todo el mundo sin nada en la mano, sin bolsas de la compra, sin maletines, sin ningún objeto relacionado con el trabajo ni tampoco con el consumo.

No recuerdo haber visto ningún establecimiento abierto, ni bares, ni tiendas, ni oficinas, ni talleres. Oviedo, como el resto del país, estaba paralizado. Había que esperar para saber cuál y cómo había sido el seguimiento de la huelga en el resto de España. Había que esperar para conocer la reacción del Gobierno y del mundo empresarial. Había que esperar para saber cómo administrarían los sindicatos aquella gran victoria política y social.

Pero sin prisa. Pasear, leer, no estar pendiente del reloj hasta que se fuera acercando la hora de la manifestación en el paseo de los Álamos. Un día tranquilo, en el que esperábamos que el Gobierno rectificase en sus políticas económicas. Desde luego, era difícil mirar hacia otro lado, o actuar como si aquella huelga no hubiese existido.

También hubo algo muy paradójico en aquella huelga general. No fue un día, al menos por estos lares, de conflictos callejeros, no se respiraba crispación social en las calles. Antes al contrario, la jornada transcurrió con toda tranquilidad. En eso se parecía a un domingo de verano.

Por fin, llegó el momento de concentrarse en el paseo de los Álamos. Aquello también tuvo su no sé qué de atípico. Familias enteras andaban por allí como si se tratase del único acto del día a falta de cine, de televisión y de fútbol, a falta de hacer la compra en el hipermercado de turno, que ya los había, si bien no tantos como en la actualidad.

Desde luego, los discursos no sorprendieron a nadie. Desde luego, aquello no era una concentración al uso con sus proclamas y pancartas. Tengo para mí que mucha gente contempló aquello como el único espectáculo de ocio al que pudieron acudir en una jornada de parón generalizado.

Por otro lado, resultó muy significativo ver a Emilio Barbón entre las personas que se habían concentrado en el paseo de los Álamos. La brecha no sólo se había abierto entre dos organizaciones hermanas como el PSOE y la UGT, sino también entre la política del Gobierno y muchos dirigentes socialistas que no entendían aquella deriva, que no podían entenderla. En lo que yo recuerdo, a pesar de ser diciembre, aquel 14-D no fue un día especialmente gélido. Se diría que todo quiso contribuir a un parón tranquilo.

El día después regresó la rutina. Aquel miércoles fue domingo. Y Oviedo no durmió la siesta, sino la mañana.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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