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Luis Arias Argüelles-Meres

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Semblanzas carbayonas: Uría

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El extremo melancólico

El jugador del Real Oviedo tenía un imán en los pies para el balón

Eran los años en los que el arriba firmante había dejado atrás la infancia, lo que conllevaba, además de otras cosas, la omnipresencia en el ánimo de una melancolía inevitable al ser consciente de que la etapa de la vida marcada por todas las protecciones se había terminado. Ya digo, nunca sabré si en verdad aquel extremo zurdo del Oviedo al que tanto admiré era melancólico o si la casuística de tal cosa estaba en mi ánimo. Lo cierto es que me entusiasmaba su habilidad para el regate, su voluntad inquebrantable de avanzar con el balón por su banda hasta que buscaba el momento de dar el pase al compañero mejor situado para culminar la jugada.

Lo cierto es que era muy frecuente que el defensa de turno con el que le tocaba bregar terminase por hacerle faltas con agarrones o patadas. Lo cierto es que a veces Uría perdía la paciencia y se desesperaba implorando al árbitro que tomase medidas.

Puedo decir que nunca olvidaré sus jugadas, marcadas por la habilidad, desde su banda.

Las imágenes que me quedaron grabadas fueron sus jugadas cuando el ataque del Oviedo se dirigía a la meta que estaba delante de la grada de Preferencia. Desde allí lo vi gesticular su desesperación más de una vez por el juego sucio de algún defensa contrario. Desde allí disfruté de muchos de sus regates memorables.

Aquel Real Oviedo de mi adolescencia, con dos grandes extremos, que eran Javier y Uría. A aquellos dos extremos los había ayudado mucho Gento III, hermano del legendario del Real Madrid. Y los había ayudado mucho con los pases que se inventaba desde el centro del campo hasta cualquiera de las bandas con las que el Oviedo iniciaba muchas de sus jugadas de ataque.

Pero volvamos a Uría, al futbolista nacido en Gijón que jugó en el real Oviedo desde la temporada 68-69 hasta la 73-74, cuando lo fichó nada menos que el Real Madrid. Aquel extremo zurdo al que tanto admiré, al que me entusiasmaba verlo jugar, el entonces seleccionador español, Ladislao Kubala, lo convirtió en defensa. Y de ahí pasó a la verdadera élite del fútbol pues, con el equipo merengue, consiguió dos ligas y una copa. Además, formó parte de la selección española en el Mundial del 78 en la Argentina.

Melancolía, digo. Daba la impresión de que exteriorizaba poco sus emociones. Y, en su mirada, parecía observarse algo que podría estar a medio camino entre el ensimismamiento y lo agridulce.

Aquel césped del Carlos Tartiere tantas veces embarrado. Aquellas entradas duras que recibía. Aquel Oviedo que acabaría ascendiendo a la División de honor. Todo eso con el protagonismo de Uría.

A propósito de entradas duras a Uría, ¿cómo olvidar aquel encuentro en el Carlos Tartiere en el que nuestro extremo zurdo tuvo un tremendo rifirrafe con un defensa del Ferrol, concretamente con Pepiño? La sanción que se le impuso a Uría llevó al entonces presidente del Oviedo, Enrique Rubio Sañudo, a amenazar con que estaba dispuesto a retirar al equipo de la competición. Al final, no se llegó a tanto. Y, andando el tiempo, en un partido que se jugaría en otra temporada, se escenificó la reconciliación entre ambos jugadores.

A propósito de aquel episodio, hay que decir que Uría no era, ni mucho menos, un jugador violento ni conflictivo. Pero su paciencia, que no era poca, se agotó.

Su etapa en el Oviedo, entre 1968 y 1974, coincidió con el final de mi infancia y con mi entrada de lleno en la adolescencia. Parecía que el ascenso a Primera división no llegaba nunca, parecía que el sueño de regresar a la élite del fútbol se truncaba siempre. Aun así, disfruté enormemente de un equipo que tenía a Javier y a Uría como extremos, a Gento III como director de orquesta, a Quique Galán como delantero que se vaciaba en cada partido en busca del gol. Aun así, por fin se ascendió.

A Uría siempre se le quiso por estos lares, no sólo por la calidad futbolística que atesoraba, sino también por su entrega en cada partido. Hicimos nuestros sus éxitos en el Real Madrid, así como su condición de internacional y mundialista.

Y, al final de su trayectoria como futbolista, volvió al Oviedo, aquí le dio su adiós al deporte en el que tanto había destacado.
Por otro lado, aunque su etapa más gloriosa en el fútbol fue como defensa, tras la reconversión que le hizo Kubala, aquí, en el oviedismo, siempre le recordaremos como un extremo incisivo y habilidoso, que tenía un imán en los pies para el balón.
Pocos defensas le ganaron la partida. Pocos defensas lograron neutralizar su juego.
Lo dicho: barro en el Tartiere, que no impedía a nuestro extremo dominar el balón, regatear con maestría y hacer los pases con astucia.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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