Ahora que están de moda los estímulos al crecimiento, hay quien apuesta por construir más infraestructuras para paliar o salir de la crisis. La UE, algunos partidos políticos, o los propios constructores reivindican la obra civil como medio para dinamizar la economía, recordando quizá a Alemania o EEUU en los años 30. Olvidan quizá que eran otros tiempos: el capital público en infraestructuras -especialmente carreteras para el naciente automóvil- era escaso. Además, parece que el impacto de la inversión pública sobre el crecimiento fue pequeño: el de EEUU se apoyó, sobre todo, en el consumo e inversión privados. Ahora nos dicen que nuestro capital en infraestructuras es bajo en relación con la UE. Utilizan para ello la discutible relación entre infraestructuras y territorio. Sin embargo, sus propias cifras demuestran que España ha invertido más por habitante que casi cualquier país europeo durante los últimos 20 años. Y otros datos sobre stock de infraestructuras muestran que estamos en la media de la UE
En realidad, si algún problema tenemos ahora en España con las infraestructuras es posiblemente su exceso. Autopistas sin tráficos. La segunda red de alta velocidad del mundo, infrautilizada: Francia, con una red algo menor, pero conectada a la convencional, transporta 100 millones de pasajeros. España, veinte. Aeropuertos sobredimensionados. O puertos sin buques. En Asturias sabemos algo de ello. Todo apunta a que España, ahora mismo, no necesita más de esas infraestructuras. Lo que no supone, lógicamente, su completa paralización.
Más que a la cantidad, quizá debamos apuntar a otros criterios. Calidad: muchas de nuestras infraestructuras, construidas apresuradamente, no la tienen y requieren mejoras. Mantenimiento: al mantenimiento habitual –tan descuidado, y más ahora- se suma el requerido por su escasa calidad. Oportunidad: en el futuro, y como en otros países, debería exigirse un riguroso estudio económico que soporte la decisión de construir una infraestructura. Considerando, además, el impacto de otras nuevas que compiten con ella. Y por último, eficiencia: España dedicó el año pasado unos 60.000 millones de euros a importar productos energéticos. Quizá debamos pensar en concebir y adaptar nuestras infraestructuras –también nuestras viviendas- hacia la eficiencia, aliviando nuestra factura energética y nuestros costes de producción y transporte. Miren los ferrocarriles mercantes. Desde que la UE publicó el Libro Blanco del Transporte, el peso del modo ferroviario para transporte de mercancías en Europa ha descendido. En España ¡a la mitad! Pese a lo consolidado del transporte por carretera, algunos corredores –Mediterráneo, nuestro Pajares- son estratégicos. Por cierto, buena, aunque desconcertante, la noticia de la apertura de un túnel de la variante. Complementariamente, quizá es hora de que la UE impulse una estrategia de impulso a nuevas fuentes de energía y sus infraestructuras de transporte y distribución. Y ahí España puede y debe estar en primerísima línea.
Pasó el tiempo de las cartas a los Reyes Magos. Es momento de rigor. Ya no es posible concebir las infraestructuras como un fin en sí mismo –menos aún, de interés particular- sino como instrumento de apoyo a la competitividad y el crecimiento del país y la UE.