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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Suecia y el estado de malestar

No fue en Grecia. Ni en Italia o España. Fue en Suecia. El mundo asistió desconcertado a los graves e insólitos disturbios acaecidos en Suecia días atrás. Insólitos, porque si en Escandinavia se considera incívico manifestarse por las calles, imagínense quemar coches. Insólitos porque en el imaginario popular Suecia es el epítome del bienestar social. Olvidando, por cierto, las relativamente elevadas tasas de violencia agazapadas bajo él.

Husby, Hagsetra, Ragsved. No, no denominan estanterías suecas. Son topónimos de suburbios de Estocolmo y otras ciudades de Suecia donde prendió la violencia. Comparten todos ellos una o dos características comunes. Primera, ser barrios estandarizados, fruto de los conceptos urbanos de planificación urbana y social de los 60 y 70. Segunda, una amplia concentración de inmigrantes no europeos.

Barrios como Husby: bloques anodinos de baja altura y media densidad; amplias zonas verdes…pero apenas comercio, servicios públicos o calles de tránsito, segregados en un centro cívico. Ligado a la ciudad por el telúrico metro de Estocolmo. Poco atopadizos: no hay nada que hacer allí, sólo llegar o salir de casa. A las cinco desaparecen los empleados de los centros comunitarios. Y no hay control social en las calles. Nadie mira. Nadie denuncia. El sueño urbano deviene, 50 años después, en la pesadilla del gueto. Un escenario que replican les grands ensembles franceses. Docenas de enormes edificios blancos, clónicos, sobre verde y asfalto, testigos de disturbios muy similares.

Husby…parece bonito

File:Husby.gronhus.JPG

Pero de cerca no lo es tanto…

Sumemos la concentración de inmigrantes –planificada o espontánea- en áreas muy concretas de las ciudades. Husby, concebido para las emergentes clases medias de los 60 y 70, sustituidas poco a poco por oleadas de inmigrantes,  que suman  ya el 81% de los vecinos.  En Londres, Woolwich Common, barrio de Adebowale –asesino del militar inglés-  frisa el 60%. El agresor del soldado francés vive La Verriére, grand ensemble de alta inmigración. De nuevo, el gueto: sino físico, sí cultural. O ambos. Guetos donde los inmigrantes confunden su identidad,  manteniendo, recuperando, incluso radicalizando lengua y tradiciones, pero reivindicando atención e igualdad por parte de las sociedades receptoras.

En España, nuestros barrios son más atopadizos y diversos, menos proclives al gueto y la violencia. Pero quizá debamos prestar atención a las concentraciones de inmigrantes, a su origen e integración, por más que en buena parte compartamos lengua y religión. Asistimos a fenómenos inéditos, siquiera por su escala. Que irán a más. Los bienintencionados funcionarios suecos aseguraban que el problema “no era racial (sic), sino social”. Pero la correlación entre inmigración y desigualdad es notable. Como lo es con el desempleo  y la exclusión. O el conflicto. El abismo cultural parece, por ahora, insuperable. La diversidad, tan valiosa, aparece a escala macro. Pero lo micro, quizá como autoprotección,  tiende a lo homogéneo. E l multiculturalismo anglosajón y, sobre todo, el interculturalismo continental, cuentan éxitos discretos en integración. Quizá haya que acostumbrarse al conflicto. Y al malestar. Habermas nos contaba preocupado, en Oviedo, que no encontraba solución a la convivencia armónica ente distintas culturas. Un desafío –otro- para nuestra cansada Europa.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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