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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Las pensiones y el lobo

Lo de las pensiones es como el cuento del lobo. Llevamos tantos lustros escuchando alarmas sobre la imposibilidad de mantener el sistema sin que pase casi nada,  que cuando haga ¡catacrac! no nos lo creeremos.  Pero ahora parece que sí que viene y las perspectivas no parecen halagüeñas para el sistema de previsión social. La esperanza de vida sigue aumentando. Y en 15 años –no es nada- empezarán a jubilarse los “baby boomers” y los cotizantes que han de pagar su pensión podrían ser escasos. Porque esa es la clave: las pensiones dependen del número de cotizantes. Que, ojo, poco tienen que ver con la demografía, sino con el número de empleos. Si escasearan los trabajadores, podríamos importarlos. Al fin y al cabo, eso hicimos en los felices tempos ladrilleros –permitiendo aplazar la crisis del sistema- y eso es lo que hace ahora Alemania.

Nuestro problema es, por tanto, de empleo. Fíjense: España tenía en 2011 una tasa de actividad, según Eurostat, del 57,7% (Asturias, un 52%). Como Italia, pero con más paro. Alemania, Holanda o los países nórdicos andaban por el 73-76%. Para equiparnos con ellos, y descontando el desempleo, en vez de 17 millones de ocupados, deberíamos tener ¡unos 24!  Aunque las cifras europeas tengan truco –hay muchísimo empleo a tiempo parcial- uno sea de natural optimista y tenga mejor opinión de España que el común de los españoles, crear siete millones de empleos duraderos parece una quimera. Ni cuando el ladrillo… Eso sí, de lograrlo, la ratio cotizantes/pensionistas pasaría de poco más de dos a casi tres, cambiando el panorama por completo. Al menos, a corto plazo. Pero, ¿de dónde los sacaríamos?  El empleo sostenible no aparece ¡alehop! de una chistera. El futuro de nuestra economía pasa por ramas de actividad competitivas, más intensivas en tecnología y conocimiento que en mano de obra. Así que, a igualdad crecimiento,  quizá perdamos por ahí lo que podamos ganar con mayor flexibilidad. Y siempre con el lastre de la deuda para crecer. Añadan a ello salarios a la baja –siquiera mientras dure la devaluación interna- y pensiones al alza.

Más allá de informes y fórmulas inquietantes, la edad de jubilación se retrasará y el  monto de las pensiones –medido sobre la base cotizada- seguirá bajando. Nada que no ocurra o haya ocurrido en otros países vecinos.  A menos que decidamos pagar las pensiones con impuestos, renunciando a otras cosas que ahora pagamos con ellos. Sí, pueden decirme que podemos subir los impuestos a los ricos. O combatir el fraude. O aprovechar la mayor productividad y cotizar aún más del 40% actual. Pero serían paliativos, no solución.

Parece que llega el lobo: los que ahora andamos en los cuarenta seguramente viviremos una jubilación distinta a la de nuestros padres.  Y nos obligará a cambiar esa carpetovetónica y catoliquísima cultura providencialista, con su aversión a lo financiero y a la previsión individual, confiada hasta ahora al Estado. En estas cosas, España es excepción, no regla. Lo veremos en otra columnina.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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