Mes a mes y desde el pasado febrero, crece el número de autónomos. Es fenómeno estacional, recurrente. La novedad es que crece con más vigor que otros años. Algo que no sucede, hasta ahora, con el empleo asalariado. Los autónomos -especialmente sin asalariados- están aliviando la destrucción de empleo, engordando en unos 100.000 durante los últimos doce meses. Sin embargo, y como ya nos hemos preguntado… ¿son fermento de nueva actividad, una solución transitoria, de emergencia, o una burbuja que puede estallar dejando un reguero de nuevos parados?
No es fácil saberlo. Pero vayan algunas pistas. En su mayoría, las iniciativas de emprendimiento se toman por oportunidad: búsqueda de independencia y mejorar o mantener ingresos, convirtiéndose, frecuentemente, en una segunda actividad personal o familiar que complementa rentas, quizá con aspiraciones futuras de actividad principal. Pero una cuarta parte de los emprendimientos se lleva a cabo por necesidad; básicamente por desempleados. Los nuevos autónomos son relativamente jóvenes, formados y con ingresos medios y altos, aunque carecen de formación empresarial. Y emprenden en el sector de servicios de consumo o nuevas tecnologías, muy frecuentemente –quizá en exceso- como gestores de comunidades virtuales. Por último: los ingresos medios declarados son bajos: unos 8.000€, resultado de la alianza del fraude con la escasa rentabilidad económica de muchas actividades. Todo apunta, por tanto, a una tendencia hacia lo provisional, el sobrevivir e, incluso, lo experimental.
Pero algo parece estar cambiando en España respecto al autoempleo y la iniciativa emprendedora. Disminuye la aversión al riesgo –quizá por no tener mucho que perder, dada la situación previa y lo poco invertido- y se detecta una mayor comprensión social hacia el fracaso, anatema hasta hace poco (ese lapidario “ya te decía yo….”). Pero queda mucho por hacer, tanto por parte de los emprendedores como por la sociedad en general. Los primeros tienen que mejorar la oportunidad y la calidad de sus iniciativas. Y aumentar la dimensión de las empresas, quizá a través de alianzas, que aporten sinergias y tamaño, robusteciéndolas. Mejorar las redes personales. Ser más innovadores (la clásica tienda de “chuches” podría ser el contraejemplo). La sociedad debería facilitar el inicio de actividad –en eso España está en el puesto 46 a nivel mundial- y el acceso a fórmulas de financiación que pasen necesariamente por los bancos. Por cierto: España es puntera en inversores en pequeñas empresas, quizá padres y amigos. Pero no se trata exactamente de eso.
El perfil del emprendedor y sus circunstancias no difieren en exceso del de otras naciones con nuestro nivel de renta. Quizá algo más acuciado y menos oportuno y tecnológico. Todo apunta a que el emprendimiento aumentará en el futuro. Sí, la crisis; pero también por una tendencia a aumentar a partir de ciertos niveles de renta, como ocurre ya en Holanda, Reino Unido o EEUU. Debería ser un empeño nacional apoyar el emprendimiento, mejorándolo, robusteciéndolo, perfeccionándolo y, desde luego, facilitando nuevas formas de financiación. Transformado lo transitorio y precario en atractiva actividad de futuro. Que falta nos hace.