Es la palabra de moda este verano: guasapear. Durante el último año, millones de españoles se han unido a esta nueva y adictiva forma de comunicarse. Adictiva hasta el extremo de obligar al ayuntamiento de San Javier a colocar señales recordando al viandante la conveniencia de prestar más atención al tráfico circundante. ¿Repararán los guasapeadores en los cartelitos de marras? Un restaurante de Barcelona ha prohibido los móviles en su sala: los comensales ya no charlaban entre sí. Por cierto, para los que no sepan lo que es Whatsapp: se trata de una aplicación que permite conversar, mediante escritura, a través del teléfono en tiempo real, adjuntando fotos, vídeos, textos, vínculos web etc. Y todo ello gratis o casi. Fíjense en esos jóvenes y no tan jóvenes que caminan por la calle absortos en el mundo virtual que les llega a través del móvil, ignaros del real lleno de peligros que les circunda. Están guasapeando.
Quizá la clave del éxito de Guasap radique en ser lo más flexible y barato que se ha inventado -por ahora- en comunicación interpersonal. Es fácil de usar, permite conformar grupos a gusto de los usuarios, carece de limitaciones de espacio y no requiere protocolos excesivos a la hora de enviar un mensaje. Y, por supuesto, se adapta perfectamente a casi cualquier móvil de última generación. Rompe el espacio y, casi, el tiempo. Cumple así con el sueño de la comunicación universal, instantánea y casi gratuita, facilitando la conversación con cualquiera que se preste a ello. Y pese a las dudas que existen sobre su seguridad y privacidad. Porque, paradójicamente Whatsapp, como empresa, no es especialmente transparente. ¿Qué cuántos usuarios tienen? No lo dicen. Sólo apuntan: “más que Twitter”.
El resultado es una inflación mensajera que deprecia el valor de la información transmitida: mi impresión es que la mayoría de los contenidos guasapeados son irrelevantes. Como si la posibilidad de “hablar” provocara la necesidad de comunicarnos. Porque esa es otra: mucha gente se dedica a guasapear su vida en directo: “comiendo un helado”. Y ¡paf! te endilgan la foto del helado. Eso sí: nada sobre si la heladería es o no recomendable. Otro: “de pesca”. Y, ¡zaca!, foto de pescados; tantos que no sabe uno si los ha pescado él mismo o está en la lonja de Vigo. Quizá nos estemos volviendo un punto exhibicionistas: tal parece que vivamos para contarlo. Eso sí, quién no está en Guasap corre el riesgo de quedarse fuera del mundanal ruido, a modo de neocartujo.
Al final, convivir, aunque sea un rato, con algún guasapeador –o guasapeadora; sospecho que son más ellas, y más activas, ¡qué no escribiría Shakespeare acerca de las y los comadres digitales!- estresa. Tú, él –o ella- y Guasap: al final, está con un ojo en su móvil y otro en tu conversación. Incluso se acaba guasapeando utilizando al guasapeador y su móvil como mediums. Y sospecho que esto es sólo el principio. Entretanto, alguien –que no usa Guasap- se lamentaba el otro día de su esposa: “me siento sustituido por un rectángulo negro”. Naturalmente, se refería al móvil de su mujer.