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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Acercando la excelencia

Los premios Príncipe engarzan elementos a priori distantes, como la Corona, Asturias y su diversa ciudadanía.  Un engarce que, orillado el ruido perturbador de ciertos resabios mediáticos, como aquel de los Nobel asturianos –cuando ni lo son ni tienen por qué serlo- o el deslumbramiento por la celebridad, parece consolidarse, atenuando ese ruido y afinando pautas de ejemplaridad y cosmopolitismo global. No es empeño sencillo: quizá lo fuera más el atajo mediático que el de esa excelencia cosmopolita. En ese empeño por silenciar el ruido, esta edición pareció centrarse en las tres piezas capitales del ritual: premiados, ciudadanía y Corona.

Apostando cada vez más por una pauta de calidad con los premiados, huyendo de concesiones a la galería, apostando por desconocidos por el gran público. Muchos de los galardonados este año son ejemplares por su brillante dedicación a la ciencia, al estudio de la sociedad o a las artes. Han innovado, ayudado a la interpretación del mundo o contribuido a mejorar la vida de las personas. Forman parte, sin duda, de la elite. Y, por ello,  difíciles de “popularizar”, de vincular al gran público, algo mucho más fácil con un piloto o una inmortal de Hollywood.  Sin embargo, creo que, más allá de algunas anécdotas más estridentes que radicales, se ha avanzado en esa conexión. Han hablado a y con la ciudadanía  en espacios que le son familiares y cercanos; desde el Niemeyer y el “Calatrava” a las propias calles de Oviedo o Avilés. Vi a alguna premiada bajándose, a instancias de la Fundación, de su Audi-pedestal para conversar con  ciudadanos que protestaban y que, previamente, habían rechazado una invitación para sumarse a su conferencia. Es  también gratificante comprobar cómo la gente empieza a acercarse no tanto “a ver” a tal o cual celebridad, sino a “escuchar”, con respeto y curiosidad, lo que alguien sabio pueda decir. O a charlar con él. Sin duda, un salto cualitativo en esa dificilísima tarea de acercar elite y ciudadanía. Más aún cuando el recelo hacia las elites, animado por una cierta mezquindad popular, erróneamente democrática, es mayor que nunca en todo el mundo pero, desde luego, en España y, siempre, en Asturias. O cuando las elites parecen reducirse a Belén Esteban o Paquirrín. Queda pendiente, quizá, el reto de vincular a tanto talento con el Principado, con nuestra universidad, empresas, administraciones públicas y centros de investigación. Y aprovechar aún más los valores intangibles –formales e informales- que nos proporcionan los Premios.

Y finalmente, la Corona, tan cuestionada en tiempos en los que todo está en cuestión. La monarquía que encarne el futuro Felipe VI será ejemplar y útil a la ciudadanía o no será. El auspicio de los Premios la conecta con esa excelencia cosmopolita y global, signo de los tiempos. Pero también con esa pauta de sobria ejemplaridad –que, para el futuro Rey, deberá ser pública y privada- cercana, a pie de calle, capaz de enhebrar un diálogo simbólico o real, escuchando y haciéndose eco de los anhelos de una ciudadanía desconcertada, recelosa ante un futuro que  por los desafíos que plantea, la dificultad para comprenderlos y su compleja solución requiere, más que nunca, apoyar la excelencia.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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