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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

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Intentamos desgranar, desde hace algunos sábados, algunas pistas sobre lo que nos pasa. Sobre nuestro desconcierto  ante lo que nos ha ocurrido en los últimos años. Sobre nuestra incapacidad para ser realistas, negándonos a aceptar que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Que no es lo mismo que vivir más allá de lo que nuestros sueldos permitían. De la sacralización de un Estado desbordado por las demandas sociales y económicas, al borde de la quiebra, como redentor de nuestros problemas, aún a costa de una deuda sin apenas retorno que amenaza con ahogar el crecimiento. Un panorama que no es exclusivo de España, sino, cuando menos, europeo, siquiera de la Europa continental. Pero son rasgos que en España, también en Italia, están más acusados.

¿Cuáles son los orígenes de este desconcierto? De un lado, quizá la resistencia a aceptar que estamos entrando en una nueva era, en la que el Pacífico arrebata protagonismo económico, cultural y comercial al Atlántico. Tal vez podamos discutir el ritmo del cambio, pero no el cambio en sí. Ni las consecuencias económicas, sociales, pero, sobre todo, de valores, que va a suponer sobre el universo moral no ya de los últimos setenta años, sino de los últimos quinientos, quizá dos mil.  De otro, me parece advertir también causa de ese desconcierto en la falta de debate público sobre estos asuntos. Poco ayuda el paupérrimo debate político-mediático, encapsulado en capillas partidistas. O la disonancia entre el discurso y la praxis política: una derecha que no acaba de sentirse a gusto en un traje más o menos liberal –y no sólo en lo económico- y una izquierda que promete llevarnos al paraíso para terminar  aterrizando, reiteradamente,  en el infierno. Pero faltan, sobre todo, los grandes pensadores independientes, capaces de ver “más allá”, de interpretar la realidad superando la ideología, el nacionalismo, sin miedo a ser incomodos, a ser críticos, en su literal de cribar, porque el debate en sí no es suficiente: en pocos países hay más debate público de calidad que en Francia. Y, según la prensa gala,  está al borde del “caos”. Soslayando el reducir Europa  al necesario estado del bienestar, ignorando el legado que constituye el riquísimo acervo histórico, ético y cultural de nuestro continente. Y soslayando también eurocentrismos que amplifican su rol en una historia mundial mucho más rica y sorprendente que lo que, mayormente, creemos.

Más aún: las nuevas tecnologías no nos acercan al debate público; nos alejan de él, reduciendo su complejidad a mantras condensados en 150 caracteres o una fotografía aderezada con ingenio y photoshop. Los jóvenes –aunque parezca al contrario- apenas se interesan por la cosa pública, pese a que serán los más afectados –para bien o para mal- por los cambios que acechan en el horizonte.

La ciudadanía ansía confiar en un futuro que ahora parece roto. Pero el problema, en realidad, es otro: no sabemos qué nos pasa y, por tanto, tampoco qué hacer para mejorar.  Arrumbadas religión, nacionalismo e ideologías, nos faltan respuestas para los nuevos tiempos.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


diciembre 2013
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